La flauta mágica
"Sueños"
"Relato"
"Relato"
“Aquel esplendoroso y radiante día de primavera, era la
primera vez que la princesa Diana, salía a pasear a lomos de su potranca de
sedosas y largas crines llamada Teida. El jefe de cuadras la había domado pacientemente para que,
cuando llegase el momento, la princesa no tuviese ningún percance, pues sufría
el riesgo de que incluso le cortaran la cabeza, si a la princesa algo malo le
pasara. El rey era muy generoso y espléndido cuando las cosas le iban bien;
pero tornaba en cólera si alguien le contradecía o veía en alguien un motivo de
culpa. Iba la princesa pues cabalgando apaciblemente con Teida por las praderas de su reino, las
cuales en esos momentos estaban esmaltadas por infinidad de florecillas multicolores,
cuando de pronto, una bandada de pájaros
de diferentes clases irrumpieron en vuelo. Hecho éste por el cual, la potra se
asustó y desbocó, tomando la dirección de los citados pájaros.
La princesa se esforzaba en detener a la asustada Teida; pero ésta hacía caso omiso, cuando de repente la potranca cesó en seco su galope, cayendo la princesa al suelo por el empuje de la inercia. Un tanto aturdida, la princesa logró recobrarse, y cuál no sería su sorpresa, al ver que debajo de una añosa encina se encontraba un joven pastor tocando una melodía con su flauta hecha de caña. Curiosamente se encontraba rodeado de pajarillos e incluso de aves de rapiña y de mal agüero. Parecía como si todas las aves de los alrededores hubiesen acudido a oír tan melodiosas sinfonías. La música ofrecida por el joven pastor le pareció tan maravillosa y relajante a la princesa que, sin mediar palabra y oculta tras unas matas de amarillentas retamas, se quedó observándolo un rato; Pero llegó un momento en que por mediación de una fuerza invisible, hizo que ésta se acercara hasta el pastor, y éste, sorprendido de ver tal virginal belleza, cesó de tañer su flauta, momento este en el que todos los pajarillos y aves que se encontraban a su alrededor se asustaron y huyeron volando hasta perderse en los confines del bosque cercano.
La princesa se esforzaba en detener a la asustada Teida; pero ésta hacía caso omiso, cuando de repente la potranca cesó en seco su galope, cayendo la princesa al suelo por el empuje de la inercia. Un tanto aturdida, la princesa logró recobrarse, y cuál no sería su sorpresa, al ver que debajo de una añosa encina se encontraba un joven pastor tocando una melodía con su flauta hecha de caña. Curiosamente se encontraba rodeado de pajarillos e incluso de aves de rapiña y de mal agüero. Parecía como si todas las aves de los alrededores hubiesen acudido a oír tan melodiosas sinfonías. La música ofrecida por el joven pastor le pareció tan maravillosa y relajante a la princesa que, sin mediar palabra y oculta tras unas matas de amarillentas retamas, se quedó observándolo un rato; Pero llegó un momento en que por mediación de una fuerza invisible, hizo que ésta se acercara hasta el pastor, y éste, sorprendido de ver tal virginal belleza, cesó de tañer su flauta, momento este en el que todos los pajarillos y aves que se encontraban a su alrededor se asustaron y huyeron volando hasta perderse en los confines del bosque cercano.
La princesa exclamó un— ¡Oh, lo siento! No era mi intención
interrumpir y asustar de este modo a los inocentes pajarillos. Pero dime ¿Cómo
lo consigues? Quiero decir, el atraer a los pájaros con la música de tu flauta.
__Cada nota y una por una, me la han enseñado ellos. Unas
veces en la profundidad de las frondas, tal es el caso del ruiseñor y el mirlo,
otras en el espinoso cardo, como el jilguero, otras tras la fresca yacija del
trigal en el caso de la alondra y la calandria,
y así en cada rincón oscuro y parapetos de los alrededores. Yo
simplemente les escucho y jamás les hago daño, por tanto veo normal que ellos
acudan a oír la música que yo ofrezco con mi flauta cuando llega el momento.
Pero dime, ¿tú quién eres?, dado que nunca antes había tenido la suerte de haberte visto merodear por aquí, pues de
haberlo hecho, estoy seguro que los pajarillos me lo habrían dicho, y por
tanto, me acordaría.
—Yo…, yo…, yo soy la hija del leñador—dijo con voz trémula
como una hoja de sauce.
—¿La hija pequeña del leñador quizá?
—Eso…, eso es…, soy su hija pequeña…
De súbito, varios caballeros que por precaución siempre la
escoltaban, rompieron aquella conversación que de manera afable el pastor y
la princesa Diana habían entablado.
—Princesa Diana.., ¿estáis bien? Vimos tu yegua desbocada y
corrimos apresurados en tu ayuda. ¡Oh
que horror estás toda magullada! Tu padre el rey igual nos exilia. ¿No te habrá
hecho daño este canalla?
—Oh, no…, no…, él sólo…me…
—¡Qué le has hecho a la princesa truhan!—preguntó exaltado el
caballero.
— La culpa fue de los pájaros, él los atrae a todos con la
música de su flauta— dijo con voz temblorosa la Joven Diana.
—De modo que atraes a los pájaros para después asustar a la
princesa ¿no es así?-preguntó uno de los caballeros.
El joven pastor no salía de su asombro, y las palabras se le
quedaron bloqueadas en su redonda garganta, sin ser capaz de expresar con ellas
lo que realmente había sucedido.
—A ver, ¿obra en tu poder algún documento con el sello real
que te permita tocar la flauta?-preguntó otro caballero.
El joven pastor seguía sin dar crédito a lo que le estaba
pasando y ante la negativa de sus palabras para salir en su defensa, tan sólo
se limito a hacer una negación con la cabeza.
—¡Guardias…, detenerle! Y confiscarle todas sus ovejas y por
supuesto la flauta...
Cuando llegaron, el radiante día se torno en triste, pues
una enorme nube como una capa negra se instaló en lo alto del castillo, impidiendo
atravesar las oblicuas lanzas del sol.
Toda clase de pájaros cesaron su actividad y desaparecieron.Sólo un cuervo de aspecto sepulcral se atrevió a graznar, al comprobar la
cósmica injusticia que se estaba produciendo, para a continuación volar en
dirección al soto del río.
El joven pastor, fue encarcelado en la torre mayor hasta que
se produjese el dictamen del juicio, y la princesa, triste y decepcionada se encerró en sus aposentos.
Al día siguiente, todos los pájaros enjaulados y que
permanecían como mascotas, pusieron su cabeza bajo el ala; y hasta las gallinas
de los corrales se negaron a producir huevos, pues entre todas las aves ya se
había corrido la noticia. Tan apesadumbradas quedaron que, hasta los gallos con
su flautín guerrero enmudecieron.
En el castillo, había un palomar con varios cientos de palomas mensajeras, y en una de
ellas especialmente hermosa de níveas y relucientes plumas me convertí. Fue
entonces cuando mi actividad como mensajera se puso en acción, sólo que con la
salvedad de serlo exclusivamente con los dos jóvenes. Recuerdo que fue la
princesa Diana quien requirió de mis servicios. Llorando, y pálida como una
gota de cera por la preocupación; empezó a escribir una carta que sirviera de
consuelo al joven pastor. En la carta decía:
“En el día de hoy, siento hasta en las últimas y recónditas
cavernas de mi alma el atropello que se ha producido contigo. Mi padre, el rey,
no ha querido escucharme, parece, no creerse mi versión de que fue sólo un
inesperado accidente hípico, y que incluso disfrute de los pocos segundos que tú presencia ofreció. Ahora, las sonoras fuentes
de mis ojos se han secado, lo que no me sirve de consuelo, al no poder expresar
con lágrimas mi sufrimiento; Mas espero que al menos sepas que, en estos
momentos de angustia y de dolor, estoy contigo.”
Terminada la carta, y
acompañada de otra hoja en blanco y una pluma, me la ató a la pata y me soltó.
El joven pastor que, en esos momentos permanecía asomado a
través de los barrotes de su improvisada celda, al verme, se le alegró el
corazón y estiró su mano donde con la
liviandad de una pluma me aposté.
Después de leer la carta, la cual sirvió de consuelo, tomó la
pluma escritora y comenzó a escribir: “Créeme lucero del alba que, cien
años en este estado aguantaría, si
supiese que al menos con tu mente estás conmigo. Siempre he sido libre como los
pájaros, y el estar aquí enclaustrado no es de agrado; Pero seguramente El
Creador, que, nunca deja las cosas al azar, abrirá un nuevo sendero en la
jungla de nuestros destinos para que estos vuelvan a unirse. Quiero que sepas
que quedé impactado por tu belleza infinita, la cual a día de hoy no tiene
rival en mi alma. Y pese ha haberme
mentido fingiendo ser la hija pequeña del leñador, a la cual nunca he visto, comprendo tu
mentira si con ello nos hacía más iguales. Aunque desafortunadamente tu mundo y
el mío son tan opuestos que parecemos el agua y el fuego; pero en esta ingrávida
situación sepas que sigo soñando.”
Los preámbulos de la historia se repetirían varias veces, hasta que ya por último y con cierta
familiaridad, el pastor animó a la princesa a que le consiguiera su flauta, para
poder transmitir con sus sonidos a todos los pájaros que se encontraba bien y animar a todos ellos a reanudar sus actividades siempre beneficiosas para el hombre, pues
entre otras cosas, intuía que enormes nubes de moscas y mosquitos harían su aparición por todo doquier del reino haciendo que la vida de sus habitantes fuese insoportable.
La mente adivina del pastor fue crucial. Pues grandes
bandadas de mosquitos, moscas y los temibles tábanos hicieron su aparición,
primero en las caballerizas, por lo cual lograron enloquecer a los caballos,
cuyos relinchos quitaba el sueño incluso hasta el rey. Pero luego se empezaron
a colar por las rendijas de las ventanas
y de las puertas. Por lo que
desesperado el rey, no tuvo más opción que admitir los remedios del pastor.
El pastor fue excarcelado
y se le entregó su flauta con la que comenzó a tañerla. Entonces, todos los
pájaros y aves de la comarca, especialmente guiadas por las golondrinas
vinieron en su auxilio, por lo que
aparte de darse un gran festín de
insectos, hicieron que el rey en prueba de agradecimiento por acabar con dicha
plaga le devolviera sus ovejas y lo nombrara caballero del reino.
Eso sí, además del escudo y la espada siempre debería llevar encima su encantada flauta. (Por si las moscas.)
Eso sí, además del escudo y la espada siempre debería llevar encima su encantada flauta. (Por si las moscas.)
La princesa Diana todavía era muy joven para casamientos,
pero siempre tenía el consuelo de tener cerca
a su pastor ya convertido en caballero del reino, y con el cual llevaría
su romance ya con el consentimiento de su padre el rey.”






No hay comentarios:
Publicar un comentario