Mientras escucho a los pájaros laureados
llueve una dulzura inquieta
en las herbosas zanjas,
donde exhaustos, transitan los limacos.
El aleteo de su cielo eterno
se precipita en el regazo
de un solitario crisol,
que huye de la herrumbre
de un fuego histérico.
Se desborda el perfume pomar
en el error de la Natura,
al compás de una llovizna de fatigas
que cabalga por los sombríos limoneros.
Un viento metálico retumba
en las escamas del mar,
para después yacer
en las espumas negras
de un horizonte lívido.
Presiento un albor viejo y difuso
en las selvas invisibles,
donde una alegría solitaria
abraza el alfabeto astral.
El alba desnuda se destempla,
retornando su futuro hasta mi orilla
donde se atorbellinan unos brazos
desprendidos de una borrasca de ceniza.
Relámpagos grises se desperezan
en los altares de un fuego fatuo,
mientras se oye un alboroto de ávidos escalofríos
flotando en un mar de cartón.
Como gárgolas se elevan de las viñas
embriagando a los mirtos
de las laderas confusas,
colmados de ánforas con ficticios colores
en el sofocante fuego de una luz abisal.
Taciturnas multitud de piedras
abandonan las brisas de los dulces exilios,
girando alrededor de una urna
que, ebria, extiende sus sueños sin alas.
Tropel de avispas errantes
embeben los crepúsculos de yeso,
como una horda que resplandece
ante una ráfaga de polvorientas sombras.
Trémulos quejidos se sobresaltan
ante el sabor ajenjo de un áureo gallinero,
que se resquebraja
ante la condena de un soplo.
Su música discorda
con las erráticas fuerzas del viento;
Mientras crece el rencor mecánico
que bulle de la efímera memoria,
tratando de herir un sencillo latido.
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