Grandes témpanos de hielo
que van por el mar flotando;
Estos suelen desprenderse
de los casquetes polares,
vagando sin rumbo, errantes,
como estrellas siderales;
Van a través de las corrientes
que poseen los océanos,
si bien son altos de arriba
diez veces más son de abajo.
Parece que van despacio
pero a veces van ligeros
se presentan sin aviso
y apenas si tienes tiempo
para girar el timón,
¡un barco no tiene frenos!
Una vez hasta se hundió
de un sólo golpe un crucero,
El Titánic se llamaba,
hubo mil quinientos muertos,
el Atlántico se lo tragó
el mar fue su eterno lecho.
Se
quedó asombrado el mundo,
perpleja toda la marinería,
porque el barco con más lujos
se hundió en su primera travesía.
Con doscientas sesenta metros de eslora,
y cincuenta mil toneladas de
desplazamiento,
era el objeto móvil de mayor dimensión
que el hombre realizara hasta el momento.
Sus aseguradores poseían la convicción
de que aquel barco era insumergible;
pero en el cuarto día de navegación
se truncó su mito de indestructible.
Los vigías divisaron con horror por proa
una mole gigantesca, casi fantasmal,
alarmados avisaron a la torre de control,
pues iban directamente a colisionar.
Metieron todo el timón a estribor,
e incluso el barco llegó a parar;
Aunque fue inevitable la colisión
con la gigantesca mole de frío cristal.
Su comandante Edwuard J. Smith,
vislumbró que el desenlace sería fatal;
¡Lamentablemente se habrá de hundir!
Mientras la orquesta de abordo siguió
tocando
hasta su último y agónico suspiro letal,
como si la música que interpretaban
representase su réquiem inmortal.
Edward J. Smith, se hundió con el barco,
en el Océano Atlántico Occidental,
el más experimentado con las líneas “White
Star”
no concluyó aquel viaje inaugural.
* * *



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