sábado, 12 de enero de 2019

Ejecución inmediata"Gigantes"


EJECUCIÓN INMEDIATA

"Gigantes"

 


S

i deseas que un niño haga algo, prohíbeselo. Pues aunque no sea más que por estupidez o cabezonería, seguro que al menor descuido lo hará. Tal es el caso de nuestro protagonista y sus amigotes de juegos. Estos, tenían prohibido entrar en  el vetusto  y lúgubre caserón, que en pleno esplendor perteneció  a La Santa Inquisición. Quizá para que no se perturbasen la cabeza, si comprobaban los diferentes mecanismos de tortura que ofrecían  a las personas que, por desgracia, fuesen señalados por el dedo  inquisitorio, de  ser herejes, brujos, o estar poseídos por el espíritu del diablo.
 

No entraron una, sino muchas veces allí  para jugar. Pues aunque no comprendían para que se emplearon todos aquellos aparatos o  artilugios de tortura, quizá con el tiempo alguien les explicase para que servía cada cosa. Había mecanismos de torturas como la gota continua sobre la cabeza del desdichado, con la que  siempre acababa  volviéndose loco al erosionar el cráneo. La garrucha, el potro, la rueda, el borceguí, el casco, o   la doncella de hierro. Esta última, por su insistencia  al contármelo, tengo que aclarar, que era una especie de sarcófago provisto de  estacas metálicas  muy afiladas en su interior. De este modo, a medida que se iba cerrando se clavaban en la carne del cuerpo de la víctima que se encontraba dentro provocándole una muerte  lenta y agónica. Pero también había garras de gato (especie de rastrillo de jardinero con el que le quitaban la piel a tiras), la sierra, las jaulas colgantes, el cepo y la cigüeña.

Ahora si tuviera que destacar el método de tortura más eficaz, que allí se encontraba, sería el de la cuna de Judas. Que consistía en  atar a la víctima de las muñecas y elevarla para luego dejarla caer sobre una pirámide puntiaguda para que con su propio peso se la clavara en el ano, escroto, o vagina. Ni que decir tiene que la confesión se conseguía en las primeras veces ya que esta operación se repetía hasta que el condenado hablara o muriese, caso este último si no confirmaba su culpabilidad.

 

Pero los niños crecen, y cuando ya tenían la edad del pavo, tenían otras formas de divertirse. Una de ellas era la de formar rondallas, e iban  a cantar a las puertas de las casas pudientes, donde generalmente les daban algo de comida. Nuestro protagonista ponía el instrumento de su voz, una mezcla entre Antonio Molina y Rafael Farina  (Qué lástima que estos hijos míos no hayan sacado ninguno mi voz)-decía muchas veces.
Pero cuando en  España se habían  sobrepasado ya  las puertas que llevarían a los españoles a enfrentarse en una guerra civil, lo que antes eran inocentes niños y bulliciosos adolescentes, años más tarde sacarían sus instintos cainitas, no importándoles con quien la tomaban, pues la venganza tiene sombra alargada, y a cualquiera podría pillarle.
Aquella mañana, justo al pasar por una de las esquinas de la iglesia, una bala  furtiva restallaba en la piedra arenisca, que al chocar, hacía cambiar violentamente su trayectoria, moviendo su mortal viento las perneras de los pantalones de Venancio. Faltaron décimas de segundo para haberle impactado. A escasos cuarenta metros un hombre de avanzada edad, estaba siendo guiado a empujones, sufriendo toda clase de vejaciones verbales.
Venancio se llenó de estupor, tras comprobar que algunos de los que iban empujándolo fueron compañeros de juegos en la casa de la Inquisición, y que en muchas ocasiones se habían divertido juntos en sus rondallas…
 
-¿A dónde vais con este hombre?—preguntó con cara seria.
-A fusilarlo.-contestó uno, secamente.
-¿Qué ha hecho este hombre?—se interesó.
- Es un fascista malo, y además apoya a los curas.
--¿Este hombre malo? Que yo sepa este hombre no ha hecho más que  dar trabajo en su finca a los cuatro desgraciados que no teníamos ni para pan.
-Venga soltar a ese hombre.-dijo Venancio con cara seria.
-¡Ya está…, lo soltamos porque tú lo digas!-dijo uno de sus antiguos amigos de juegos.
-Ande váyase  usted por allá.-Dijo colocándose enfrente de los nueve jóvenes, los cuales portaban a la espalda un fusil.
El desdichado viejo con cara de agradecimiento obedeció y  aceleró su paso en lo que le era posible. Torció  la esquina de la iglesia y desapareció.
Mientras, Venancio, con toda la adrenalina a flor de piel plantaba cara a sus amigos de juegos y correrías, ofreciéndoles algunos golpes en el pecho,  con el peligro que podría representar para él dada su frustración, por haber abortado lo que para ellos sería toda una hazaña.  “Fusilar a un viejo por el hecho de poseer una finca y creer en Dios.”
 
Venancio, no era ferviente creyente de  ninguna religión, "como el aquí presente". Viendo lo que pasaba en el mundo, se decía que Dios, debía de estar muy lejos de nosotros, para no darse cuenta de  lo que en la tierra pasaba. Pero que si por alguna casualidad existiese uno, éste juzgaría  a los hombres por sus actos y no por la religión que profesen.
***

 

 

 

 

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