EJECUCIÓN
INMEDIATA
"Gigantes"
"Gigantes"
S
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i deseas que un niño haga algo,
prohíbeselo. Pues aunque no sea más que por estupidez o cabezonería, seguro que
al menor descuido lo hará. Tal es el caso de nuestro protagonista y sus
amigotes de juegos. Estos, tenían prohibido entrar en
el vetusto y lúgubre caserón, que
en pleno esplendor perteneció a La Santa Inquisición.
Quizá para que no se perturbasen la cabeza, si comprobaban los diferentes
mecanismos de tortura que ofrecían a las
personas que, por desgracia, fuesen señalados por el dedo inquisitorio, de ser herejes, brujos, o estar poseídos por el
espíritu del diablo.
No
entraron una, sino muchas veces allí
para jugar. Pues aunque no comprendían para que se emplearon todos aquellos
aparatos o artilugios de tortura, quizá
con el tiempo alguien les explicase para que servía cada cosa. Había mecanismos
de torturas como la gota continua sobre la cabeza del desdichado, con la que siempre acababa volviéndose loco al erosionar el cráneo. La
garrucha, el potro, la rueda, el borceguí, el casco, o la
doncella de hierro. Esta última, por su insistencia al contármelo, tengo que aclarar, que era una
especie de sarcófago provisto de estacas
metálicas muy afiladas en su interior. De este modo, a medida que se iba cerrando se clavaban en la carne del cuerpo de
la víctima que se encontraba dentro provocándole una muerte lenta y agónica. Pero también había garras de
gato (especie de rastrillo de jardinero con el que le quitaban la piel a tiras),
la sierra, las jaulas colgantes, el cepo y la cigüeña.
Ahora si tuviera que destacar el método de tortura más eficaz, que allí se encontraba, sería el de la cuna de Judas. Que consistía en atar a la víctima de las muñecas y elevarla para luego dejarla caer sobre una pirámide puntiaguda para que con su propio peso se la clavara en el ano, escroto, o vagina. Ni que decir tiene que la confesión se conseguía en las primeras veces ya que esta operación se repetía hasta que el condenado hablara o muriese, caso este último si no confirmaba su culpabilidad.
Ahora si tuviera que destacar el método de tortura más eficaz, que allí se encontraba, sería el de la cuna de Judas. Que consistía en atar a la víctima de las muñecas y elevarla para luego dejarla caer sobre una pirámide puntiaguda para que con su propio peso se la clavara en el ano, escroto, o vagina. Ni que decir tiene que la confesión se conseguía en las primeras veces ya que esta operación se repetía hasta que el condenado hablara o muriese, caso este último si no confirmaba su culpabilidad.
Pero
los niños crecen, y cuando ya tenían la edad del pavo, tenían otras formas de
divertirse. Una de ellas era la de formar rondallas, e iban a cantar a las puertas de las casas
pudientes, donde generalmente les daban algo de comida. Nuestro protagonista
ponía el instrumento de su voz, una mezcla entre Antonio Molina y Rafael Farina
(Qué lástima que estos hijos míos no
hayan sacado ninguno mi voz)-decía muchas veces.
Pero
cuando en España se habían sobrepasado ya las puertas que llevarían a los españoles a
enfrentarse en una guerra civil, lo que antes eran inocentes niños y
bulliciosos adolescentes, años más tarde sacarían sus instintos cainitas, no
importándoles con quien la tomaban, pues la venganza tiene sombra alargada, y a
cualquiera podría pillarle.
Aquella
mañana, justo al pasar por una de las esquinas de la iglesia, una bala furtiva restallaba en la piedra arenisca, que
al chocar, hacía cambiar violentamente su trayectoria, moviendo su mortal
viento las perneras de los pantalones de Venancio. Faltaron décimas de segundo
para haberle impactado. A escasos cuarenta metros un hombre de avanzada edad,
estaba siendo guiado a empujones, sufriendo toda clase de vejaciones verbales.
Venancio
se llenó de estupor, tras comprobar que algunos de los que iban empujándolo
fueron compañeros de juegos en la casa de la Inquisición, y que en muchas
ocasiones se habían divertido juntos en sus rondallas…
-¿A
dónde vais con este hombre?—preguntó con cara seria.
-A fusilarlo.-contestó
uno, secamente.
-¿Qué
ha hecho este hombre?—se interesó.
- Es
un fascista malo, y además apoya a los curas.
--¿Este
hombre malo? Que yo sepa este hombre no ha hecho más que dar trabajo en su finca a los cuatro
desgraciados que no teníamos ni para pan.
-Venga
soltar a ese hombre.-dijo Venancio con cara seria.
-¡Ya
está…, lo soltamos porque tú lo digas!-dijo uno de sus antiguos amigos de
juegos.
-Ande
váyase usted por allá.-Dijo colocándose
enfrente de los nueve jóvenes, los cuales portaban a la espalda un fusil.
El
desdichado viejo con cara de agradecimiento obedeció y aceleró su paso en lo que le era posible.
Torció la esquina de la iglesia y
desapareció.
Mientras,
Venancio, con toda la adrenalina a flor de piel plantaba cara a sus amigos de
juegos y correrías, ofreciéndoles algunos golpes en el pecho, con el peligro que podría representar para él dada
su frustración, por haber abortado lo que para ellos sería toda una hazaña. “Fusilar a un viejo por el hecho de poseer una
finca y creer en Dios.”
Venancio,
no era ferviente creyente de ninguna
religión, "como el aquí presente". Viendo lo que pasaba en el mundo, se decía que Dios, debía de estar
muy lejos de nosotros, para no darse cuenta de
lo que en la tierra pasaba. Pero que si por alguna casualidad existiese
uno, éste juzgaría a los hombres por sus
actos y no por la religión que profesen.
***






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