domingo, 27 de enero de 2019

Pescando en los arrecifes de Coral "Viajes"







 
Pescando en los arrecifes de coral

"Viajes"

 
Me he sumergido en arrecifes de coral

hasta treinta metros de hondura,

aguantándome hasta casi reventar

pues no utilizaba escafandra alguna.
 
Pescaba esponjas y madreperlas

con una piedra cónica asida a los pies,

sujeta al barco con una cuerda,

me servía para bajar con más rapidez.

Tal era la maquinaria y mi destreza

con el peligro constante de las barracudas

que se ocultaban entre las grutas,

en los zoófitos esponjarios,

gorgonias en abanico, pennátulas…
 

Contra ellas me he enfrentado

con un cuchillo solamente

pues nunca me acobardaron

yo era joven, y  muy valiente.

Recuerdo que un día pescando

capturé un pulpo gigante,

se me apareció un tiburón blanco

debió de olerle la sangre.

Aunque este es pobre de vista

su olfato está muy desarrollado,

huele desde un kilómetro a sus víctimas

incluso si su cuerpo está enterrado.

 

Mas este confundió a su presa,

vino hacia mi en plan de ataque,

vi cambiarle la forma de la cabeza,

la boca la desplazó hacia adelante.

La boca la tiene bajo su cabeza,

pero cuando la abre para morder

su puntiagudo hocico se pliega

girando la mandíbula a la vez.

Una enorme boca abierta

de espanto yo pude ver,

su garganta eran tinieblas

y yo un indefenso pez.

 No mastica la comida

traga a sus presas enteras,

sus dientes, blancas cuchillas,

en forma de dientes de sierra,

 es temible su mordida

pues al que muerde no suelta.

A los tiburones les excita

todo aquello que se agita.

Yo ya me veía en sus fauces,

 rápida fue su embestida,

¡tuve suerte en esquivarle!

mi estrella fiel me lucía.

El cuerpo de los peces

lo cubren finas escamas,

las de los tiburones raspan

igual que piedras volcánicas,

¡se empleaba como lija

antes que fuese inventada!

Ya los samuráis en Japón,

a la empuñadura de sus espadas

la recubrían con piel de tiburón

para que  no les resbalara.

 

Con él me rocé en un codo

con sus cortantes dentículos,

y aquellos glóbulos rojos

aumentaron su fiero instinto.

Gracias a un impulso protector

adelanté el arpón de arriba a abajo,

y cuando ya me temí lo peor

aquel enorme marrajo

tan voraz fue que mordió

tragándoseme todo el brazo.

Al quedársele el arpón ensartado

dio una fuerte sacudida,

lo saqué sin el menor arañazo,

y sangrando, emprendió la huida.

Al poco vi llegar a un grupo,

pude contar hasta siete,

mas no me querían a mí, ni al pulpo,

sino aquel de su misma especie,

el que me pretendiera comer

le sirvió a ellos de banquete.

A veces se vuelven locos,

más su locura a mí me salvó,

vi morderse de unos a otros

en conducta de frenesí devorador.
***

No hay comentarios:

Publicar un comentario