Pescando en los arrecifes de coral
"Viajes"
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Me he sumergido en arrecifes de coral
hasta treinta metros de hondura,
aguantándome hasta casi reventar
pues no utilizaba escafandra alguna.
Pescaba esponjas y madreperlas
con una piedra cónica asida a los pies,
sujeta al barco con una cuerda,
me servía para bajar con más rapidez.
Tal era la maquinaria y mi destreza
con el peligro constante de las barracudas
que se ocultaban entre las grutas,
en los zoófitos esponjarios,
Contra ellas me he enfrentado
con un cuchillo solamente
pues nunca me acobardaron
yo era joven, y muy valiente.
Recuerdo que un día pescando
capturé un pulpo gigante,
se me apareció un tiburón blanco
debió de olerle la sangre.
Aunque este es pobre de vista
su olfato está muy desarrollado,
huele desde un kilómetro a sus víctimas
Mas este confundió a su presa,
vino hacia mi en plan de ataque,
vi cambiarle la forma de la cabeza,
la boca la desplazó hacia adelante.
La boca la tiene bajo su cabeza,
pero cuando la abre para morder
su puntiagudo hocico se pliega
girando la mandíbula a la vez.
Una enorme boca abierta
de espanto yo pude ver,
su garganta eran tinieblas
y yo un indefenso pez.
No
mastica la comida
traga a sus presas enteras,
sus dientes, blancas cuchillas,
en forma de dientes de sierra,
es
temible su mordida
pues al que muerde no suelta.
A los tiburones les excita
todo aquello que se agita.
Yo ya me veía en sus fauces,
rápida fue su embestida,
¡tuve suerte en esquivarle!
mi estrella fiel me lucía.
El cuerpo de los peces
lo cubren finas escamas,
las de los tiburones raspan
igual que piedras volcánicas,
¡se empleaba como lija
antes que fuese inventada!
Ya los samuráis en Japón,
a la empuñadura de sus espadas
la recubrían con piel de tiburón
Con él me rocé en un codo
con sus cortantes dentículos,
y aquellos glóbulos rojos
aumentaron su fiero instinto.
Gracias a un impulso protector
adelanté el arpón de arriba a abajo,
y cuando ya me temí lo peor
aquel enorme marrajo
tan voraz fue que mordió
tragándoseme todo el brazo.
Al quedársele el arpón ensartado
dio una fuerte sacudida,
lo saqué sin el menor arañazo,
y sangrando, emprendió la huida.
Al poco vi llegar a un grupo,
pude contar hasta siete,
mas no me querían a mí, ni al pulpo,
sino aquel de su misma especie,
el que me pretendiera comer
le sirvió a ellos de banquete.
A veces se vuelven locos,
más su locura a mí me salvó,
vi morderse de unos a otros
en conducta de frenesí devorador.
***
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