martes, 29 de enero de 2019

Volando entre dos tormentas "Gigante"


VOLANDO ENTRE DOS TORMENTAS

"Gigante"


 


            E

ra la hora en que aparece el lucero del alba. Un viento requemado, seguramente que procedente del Sahara, soplaba a leves ráfagas. El día se avecinaba de exasperante calor, era Agosto. Pero uno de esos agostos extremeños donde en las horas centrales del día, las piedras abrasan, y los perros permanecen jadeando todo el tiempo  a la sombra de algún naranjo o en el quicio de las puertas.

Venancio se  iba a pescar. Tenía que caminar alrededor de unos veinte kilómetros hasta el río, por lo que generalmente siempre llegaba a casa al anochecer. Siempre llevaba un burro, en esta ocasión era tuerto, y no muy grande. Lo había adquirido en la feria por un precio módico dadas sus limitaciones; pero era fiel compañero y nunca se encabritó o coceó. Le ponía los serones y aunque el peso de su carga fuese excesivo nunca se quejaba rebuznando. Algunos ratos se subía sobre él; pero cuando iba cargado nunca abusó, por lo que generalmente lo acompañaba andando.

Al llegar al río, observó que las ranas estaban ese día  muy bulliciosas en su croar. Seguramente barruntaban algún cambio atmosférico, aunque sin embargo,  el cielo se presentaba ante su vista como un enorme paño de terciopelo azul.


Serían las cinco de la tarde, cuando al recoger las capturas de  su manga pudo comprobar que por el poniente, se empezaban a atisbar algunas nubes plomizas camufladas entre los cerros del horizonte. Sobre las cinco y veinte, al salir nuevamente del agua, se extrañó por un largo rebuzno de su bestia acompañante, que permanecía  a unos escasos cincuenta metros de la oriya, donde la había dejado a  la sombra de unas tamarices, sauces blancos   y quejigos. El sol dejó de brillar de repente, y un fresco vientecillo empezó a soplar formando pequeños torbellinos de polvo. Por el Este, una gran nube negra, como la boca de un dragón,  acababa de surgir  de la nada, Por el Noroeste, otra que a pasos agigantados empezaban a arremolinarse sus negros cumulonimbos, como preparándose para la fusión.

Venancio se apresuró para recoger su pesca, y marchar, pues tal y como se estaba poniendo la tarde de tormentosa, vio lógico dar por   concluida su sesión de pesca.  De modo que desató los palos de su manga, y dejó la red estirada para que se secase un poco, pues era sabedor de que si se guardaba húmeda podrían pudrirse sus hilos, que tanto tiempo le habían llevado  elaborar a su esposa a ganchillo.

Ya tenía colocado los serones al burro, e instalada su preciada carga en ellos, de modo que decidió  acercarse a recoger la red de manga, que había dejado estirada en la arena de la  oriya, momento éste, en que vio como las nubes  bajaban de forma violenta hasta precipitarse contra el suelo, precisamente hasta donde él se encontraba. Mil sirenas de barco y millones de caracolas marinas juntas, no formarían el monstruoso estruendo, que  el torbellino que aquella tormenta formó. Venancio fue succionado con la velocidad del rayo, al igual que todos los materiales que se encontraban por su alrededor, y  en el paroxismo del terror, Venancio creyó que había llegado su hora. La hora que a todos les tiene que llegar algún día, ¡y era tanto lo que deseaba  vivir!, no por él, sino por sus hijos y esposa, y por todo lo que le faltaba todavía por hacer. Notaba como si sus tripas oprimiesen el corazón, al que por momentos creía que había dejado de latir, y se le había subido a la cabeza, por lo que creía que le  iba acabar estallándole. Perdió  la noción del tiempo, hasta que de pronto sintió un tac sordo. ¡Ya está.., ya he muerto!- se dijo. Más cuando salió de aquel aturdimiento al que la tormenta  le había  sometido, se dijo ¿pero que hago yo aquí? Estaba agarrado a un madroñero a unos treinta metros del suelo de un cerro. A  medio kilómetro distaba el río. Había sobrevivido, pero supuso que el afilado acero de la guadaña mortal, le habría pasado a escasos milímetros de su curtida piel.

“Esta historia empecé a creérmela, cuando un día, ya emancipado, me acerqué  a casa de mis padres para hacerles una visita. Mi madre por la edad y quizá también por tantos padecimientos, estaba algo delicada de salud, de modo que al llegar y no ver a mi padre, pregunté que a donde estaba. Mi madre contestó que estaba arriba en la galería recogiendo la  ropa que estaba colgada secándose. Pues como he dicho, él era el encargado de recogerla ya que a ella le costaba bastante subir las escaleras. Al poco bajo mi padre con cara de seria preocupación, y sin saludarme comentó:- “Por ahí por el polígono se están formando dos tormentas, que si se juntan donde pillen van a causar enormes destrozos, es parecida a la que me pilló a mí”

No pasó ni un cuarto de hora cuando un gigantesco tornado se formó. Al día siguiente todos del pueblo pudieron comprobar la fuerza de su devastador furor, Dicho tornado arrancó árboles de cuajo, destrozó naves industriales  y se llevó volando todas las uralitas del tejado de la cooperativa. A medio kilómetro de donde comenzó, en la empresa que yo trabajaba, en la explanada que había entre las oficinas y los talleres, estuvo un poco, por lo que el guarda, atónito desde la ventana de su caseta comprobó que el diámetro de dicho tornado en tierra,  tendría poco  más de un metro(Cuanto más pequeño es su extremo inferior, mayor es su fuerza destructiva) Y una máquina que había en la calle que pesaba alrededor de treinta toneladas apareció con chapas de bajo, señal de que tuvo que levantarla para que dichas chapas se pudiesen incrustar. La estela que dibujó su  errática trayectoria  hasta desaparecer fue el de   una S.”

“ Por extraño que parezca, lo que seguramente engulló a mi padre sería un devastador remolino de aire, es decir, un tornado. Dado que los tornados son vientos ebrios de furia, círculos de turbulencia sin compasión, sin tolerancia ante lo que quiera balbucear a su paso. Pues al convertirse su gigantesco embudo, constituido por vientos ciclónicos, suelen aparecer junto  a una nube tormentosa. Los tornados surgen como consecuencia del veloz ascenso de una columna de aire caliente muy húmedo en derredor de un área de baja presión.

La velocidad de los vientos de un tornado oscila entre 150 a 400K por hora. Su furia es capaz de tumbar árboles y edificios. La presión de su aire comprimido puede demoler edificios cerrados. A su vez la fuerza que existe dentro del túnel de aire succiona casas, carros y muchos objetos pesados, cargándolos muy lejos de su lugar de origen.

Los tornados se generan de forma rápida y su vida puede ser leve. Por lo que no pueden ser previstos con antelación. Esto aumenta en su peligro. Además en la tierra, el movimiento del tornado es errático, cambiante, imprevisible.

Aunque pueden producirse en diversas regiones del mundo, los tornados más frecuentes y poderosos irrumpen en la región central de los Estados Unidos, entre los meses de Mayo  a Julio.

En la mitología mesoamericana, para los mayas, los tornados representaban el cordón umbilical capaz de permitirles subir hasta el mundo de los espíritus. Uniendo así lo terrestre con lo divino.”

 

 

 

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