VOLANDO
ENTRE DOS TORMENTAS
"Gigante"
"Gigante"
E
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ra la hora en que aparece el lucero del
alba. Un viento requemado, seguramente que procedente del Sahara, soplaba a
leves ráfagas. El día se avecinaba de exasperante calor, era Agosto. Pero uno
de esos agostos extremeños donde en las horas centrales del día, las piedras
abrasan, y los perros permanecen jadeando todo el tiempo a la sombra de algún naranjo o en el quicio
de las puertas.
Venancio
se iba a pescar. Tenía que caminar
alrededor de unos veinte kilómetros hasta el río, por lo que generalmente
siempre llegaba a casa al anochecer. Siempre llevaba un burro, en esta ocasión
era tuerto, y no muy grande. Lo había adquirido en la feria por un precio
módico dadas sus limitaciones; pero era fiel compañero y nunca se encabritó o
coceó. Le ponía los serones y aunque el peso de su carga fuese excesivo nunca
se quejaba rebuznando. Algunos ratos se subía sobre él; pero cuando iba cargado
nunca abusó, por lo que generalmente lo acompañaba andando.
Al
llegar al río, observó que las ranas estaban ese día muy bulliciosas en su croar. Seguramente
barruntaban algún cambio atmosférico, aunque sin embargo, el cielo se presentaba ante su vista como un
enorme paño de terciopelo azul.
Serían
las cinco de la tarde, cuando al recoger las capturas de su manga pudo comprobar que por el poniente,
se empezaban a atisbar algunas nubes plomizas camufladas entre los cerros del
horizonte. Sobre las cinco y veinte, al salir nuevamente del agua, se extrañó
por un largo rebuzno de su bestia acompañante, que permanecía a unos escasos cincuenta metros de la oriya,
donde la había dejado a la sombra de
unas tamarices, sauces blancos y
quejigos. El sol dejó de brillar de repente, y un fresco vientecillo empezó a
soplar formando pequeños torbellinos de polvo. Por el Este, una gran nube
negra, como la boca de un dragón,
acababa de surgir de la nada, Por
el Noroeste, otra que a pasos agigantados empezaban a arremolinarse sus negros cumulonimbos,
como preparándose para la fusión.
Venancio
se apresuró para recoger su pesca, y marchar, pues tal y como se estaba
poniendo la tarde de tormentosa, vio lógico dar por concluida su sesión de pesca. De modo que desató los palos de su manga, y
dejó la red estirada para que se secase un poco, pues era sabedor de que si se
guardaba húmeda podrían pudrirse sus hilos, que tanto tiempo le habían
llevado elaborar a su esposa a
ganchillo.
Ya
tenía colocado los serones al burro, e instalada su preciada carga en ellos, de
modo que decidió acercarse a recoger la
red de manga, que había dejado estirada en la arena de la oriya, momento éste, en que vio como las
nubes bajaban de forma violenta hasta
precipitarse contra el suelo, precisamente hasta donde él se encontraba. Mil
sirenas de barco y millones de caracolas marinas juntas, no formarían el
monstruoso estruendo, que el torbellino
que aquella tormenta formó. Venancio fue succionado con la velocidad del rayo,
al igual que todos los materiales que se encontraban por su alrededor, y en el paroxismo del terror, Venancio creyó
que había llegado su hora. La hora que a todos les tiene que llegar algún día, ¡y
era tanto lo que deseaba vivir!, no por
él, sino por sus hijos y esposa, y por todo lo que le faltaba todavía por
hacer. Notaba como si sus tripas oprimiesen el corazón, al que por momentos
creía que había dejado de latir, y se le había subido a la cabeza, por lo que
creía que le iba acabar estallándole.
Perdió la noción del tiempo, hasta que
de pronto sintió un tac sordo. ¡Ya está.., ya he muerto!- se dijo. Más cuando
salió de aquel aturdimiento al que la tormenta le había sometido, se dijo ¿pero que hago yo aquí?
Estaba agarrado a un madroñero a unos treinta metros del suelo de un cerro.
A medio kilómetro distaba el río. Había
sobrevivido, pero supuso que el afilado acero de la guadaña mortal, le habría
pasado a escasos milímetros de su curtida piel.
“Esta
historia empecé a creérmela, cuando un día, ya emancipado, me acerqué a casa de mis padres para hacerles una
visita. Mi madre por la edad y quizá también por tantos padecimientos, estaba
algo delicada de salud, de modo que al llegar y no ver a mi padre, pregunté que
a donde estaba. Mi madre contestó que estaba arriba en la galería recogiendo
la ropa que estaba colgada secándose.
Pues como he dicho, él era el encargado de recogerla ya que a ella le costaba
bastante subir las escaleras. Al poco bajo mi padre con cara de seria preocupación,
y sin saludarme comentó:- “Por ahí por el polígono se están formando dos
tormentas, que si se juntan donde pillen van a causar enormes destrozos, es
parecida a la que me pilló a mí”
No
pasó ni un cuarto de hora cuando un gigantesco tornado se formó. Al día
siguiente todos del pueblo pudieron comprobar la fuerza de su devastador furor,
Dicho tornado arrancó árboles de cuajo, destrozó naves industriales y se llevó volando todas las uralitas del
tejado de la cooperativa. A medio kilómetro de donde comenzó, en la empresa que
yo trabajaba, en la explanada que había entre las oficinas y los talleres,
estuvo un poco, por lo que el guarda, atónito desde la ventana de su caseta
comprobó que el diámetro de dicho tornado en tierra, tendría poco más de un metro(Cuanto más pequeño es su
extremo inferior, mayor es su fuerza destructiva) Y una máquina que había en la
calle que pesaba alrededor de treinta toneladas apareció con chapas de bajo,
señal de que tuvo que levantarla para que dichas chapas se pudiesen incrustar.
La estela que dibujó su errática trayectoria hasta desaparecer fue el de una S.”
“ Por
extraño que parezca, lo que seguramente engulló a mi padre sería un devastador
remolino de aire, es decir, un tornado. Dado que los tornados son vientos
ebrios de furia, círculos de turbulencia sin compasión, sin tolerancia ante lo
que quiera balbucear a su paso. Pues al convertirse su gigantesco embudo, constituido
por vientos ciclónicos, suelen aparecer junto
a una nube tormentosa. Los tornados surgen como consecuencia del veloz
ascenso de una columna de aire caliente muy húmedo en derredor de un área de
baja presión.
La
velocidad de los vientos de un tornado oscila entre 150 a 400K por hora. Su furia
es capaz de tumbar árboles y edificios. La presión de su aire comprimido puede
demoler edificios cerrados. A su vez la fuerza que existe dentro del túnel de
aire succiona casas, carros y muchos objetos pesados, cargándolos muy lejos de
su lugar de origen.
Los
tornados se generan de forma rápida y su vida puede ser leve. Por lo que no
pueden ser previstos con antelación. Esto aumenta en su peligro. Además en la
tierra, el movimiento del tornado es errático, cambiante, imprevisible.
Aunque
pueden producirse en diversas regiones del mundo, los tornados más frecuentes y
poderosos irrumpen en la región central de los Estados Unidos, entre los meses
de Mayo a Julio.
En la
mitología mesoamericana, para los mayas, los tornados representaban el cordón
umbilical capaz de permitirles subir hasta el mundo de los espíritus. Uniendo
así lo terrestre con lo divino.”





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