domingo, 6 de enero de 2019

El bruja de las olas "Viajes"

El bruja de las olas

"Viajes"
 
 
 
Como sabéis nací en La Línea,

crecí a la orilla del mar,

la fascinación de mi padre

por los barcos y las artes

de la pesca y sobretodo navegar,

logró también salpicarme

desde muy temprana edad.

No sin pocos sacrificios

logró comprarse una barca,

cambió su cotidiano oficio

y hábitos el patriarca.
 

Tornaron mimbres por aparejos

y un día se perdió en la mar,

dicen que se fue hasta el cielo,

Neptuno, mandó llamar,

quería a un gitano marinero

para completar su altar.

Un día estando en la playa

de la Línea de la Concepción

observé un pedazo de España

en poder de otra nación.

Desde allí la divisaba,

más que tierra era El Peñón,

hijos de la Gran Bretaña

pisando suelo español.

Fue una factura cobrada

pagada en un grave error,

por un irresponsable monarca

que no se encomendó a Dios.

A su puerto arribaba

una bella embarcación

con las velas desplegadas,

la mesana, el trinquete, la mayor…

Era un clíper, de arboladura alta,

casco alargado, estrecho y veloz,

el único que se podía codear

con los barcos de vapor.

Cuando empezó la carga

 del “Bruja de las Olas”

fui a pedir trabajo con gran ilusión,

a cambio recibí una carcajada

impresa en humillación,

de uno que llevaba faldas

a modo de pantalón.
 

Su barba era pelirroja,

masticaba tabaco y bebía ron,

llevaba dos anclas tatuadas

en sendos antebrazos,

una cicatriz le cruzaba

desde el ojo izquierdo al labio,

como los viejos piratas

o los temidos corsarios.

El era un hombre maduro,

yo todavía un muchacho.

Como no encontré manera

de convencer a aquel diablo,

me ingenie una estratagema

para darle el esquinazo.

De noche me acerqué al muelle,

sigiloso escurrí el bulto,

y dentro de un cajón de víveres

permanecí esa noche oculto.

Después, noté me elevaban

pues me sentí levitar

y como me descargaban

como un embalaje normal.

De tanto tiempo en cuclillas

tenía dormidas las piernas,

y al mirar por una rendija

y no ver a nadie cerca

salí de aquella guarida

que resultó ser la bodega.

Allí permanecí tres días

hasta que  uno se sorprendiera

al bajar a por bebidas

que una caja estaba abierta;

y al ver botellas vacías

dio la alarma en la cubierta.

Oí: ¡Atención, atención,

llevamos a bordo algún polizón!

Les hice perder buen rato

jugando a la caza del gato,

que eran ellos ,y yo el ratón.
 

Ya en presencia del capitán

cabeceó lamentándose:

¡Ya estamos en alta mar,

tendrás que acabar el viaje!

De aquella loca manera

comencé como grumete,

así conocí otras tierras,

otras culturas y gentes.

Aquel día el cielo inmaculado

se reflejaba en el espejo del mar,

el sol con sus destellos irisados

caían con fuerza y en vertical.

Como si nos fuesen marcando el rumbo

un tropel de delfines nadaban a la par;

parecía fuésemos al fin del mundo,

todo era un desierto de agua y sal,

el barco hendía en él un surco

que al instante se volvía a llenar.

Al cabo de algún tiempo de navegación

se produjo en mí un extraño fenómeno

de mareo en los ojos y desorientación

me hallé en un total desconcierto.

Perdí la noción de la verticalidad,

no sabía si la claridad venía de arriba,

si el aire el agua, o el cielo era el mar.

Acabé por creer en islas ilusorias,

de orillas de playas inexistentes,

cual sensación de espejismos y apariencias,

de un estrabismo total y persistente. 

Era como si me dieran vueltas a sí mismo

con un atolondramiento de tiovivo,

me preguntaba si aquellos marinos

conservaban todavía una noción cabal,

aunque aparentasen un aspecto tranquilo

luciendo en sus hebillas la insignia Real.

Como salido de los instintos de otro mundo

resonaban en mis oídos mil caracolas,

con ecos lejanos de voces de náufragos difuntos

envolviendo el barco de la proa a la eslora.

El barco navegaba rumbo a China,

para realizar el comercio del té.

¡Aquel que me pareció tener manía

resultó ser un genuino escocés!

Con él compartí camarote,

fue mi tutor, oficial y juez,

gracias a él salí a flote

enseñando mi derecho y mi deber.

Su mirada era muy fría

aunque noble de corazón,

le pregunté por su herida

y una noche me respondió:

En una ocasión fuimos abordados

cuando nos dirigíamos al Japón,

por unos piratas malayos

próximo a la playa del Arpón.

Eran gitanos del mar de Andamán,

de pelo rojizo oxidado,

especialistas en el arte de tatuar,

del buceo y del asalto.

Un treinta y uno de mayo

hubo un diablo oriental

que interrumpió mi descanso

con su sobra fantasmal.

A su grito de furia infernal

saltó con su sable en mano

y por pura casualidad

tan sólo me dio este tajo.

Llevaba la pistola en la faja,

y antes de blandearlo de nuevo

logré yo antes sacarla

e hice un disparo certero.

Trabajé cortando árboles

en las selvas amazónicas,

la naturaleza es exuberante

el clima igual en todas épocas.

Todo es majestuoso y fascinante,

como el día siguiente a la creación,

el calor suele ser sofocante

y llueve día si, día no.

Se cortaban árboles de maderas nobles,

de robustos troncos

como añosos robles.

Eran altos y frondosos,

de valiosas maderas:

ébanos, cedros rojos,

cativos, caobas negras,,

por nombrar unos pocos

de los que pueblan las selvas.

Con la resina del cativo

nos curábamos las llagas,

pues se nos agrietaban las manos

con el manejo del hacha.

Cuando un árbol caía

siempre se avisaba,

y un enorme estruendo

al crujir sus ramas

enmudecía el murmullo

de toda la fauna.

La selva, es el  mundo de la trampa,

de la mentira y el falso semblante,

verde disfraz, estratagema y máscara,

juego de apariencias rimbombantes.

Las serpientes parecen lianas,

y si no tienen nervaduras

semejan  a maderas caras.

Escamas de ananá,

ojos de ala de falena,

anillos de coral…

Vasto país vegetal de pocas puertas,

algo así como el Arca de Noé

donde cupieron todos los animales de la tierra,

pero sólo tenía una puerta pequeña.

* * *

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