El bruja de las olas
"Viajes"
"Viajes"
Como sabéis nací en La Línea,
crecí a la orilla del mar,
la fascinación de mi padre
por los barcos y las artes
de la pesca y sobretodo navegar,
logró también salpicarme
desde muy temprana edad.
No sin pocos sacrificios
logró comprarse una barca,
cambió su cotidiano oficio
Tornaron mimbres por aparejos
y un día se perdió en la mar,
dicen que se fue hasta el cielo,
Neptuno, mandó llamar,
quería a un gitano marinero
para completar su altar.
Un día estando en la playa
de la Línea de la Concepción
observé un pedazo de España
en poder de otra nación.
Desde allí la divisaba,
más que tierra era El Peñón,
hijos de la Gran Bretaña
pisando suelo español.
Fue una factura cobrada
pagada en un grave error,
por un irresponsable monarca
que no se encomendó a Dios.
A su puerto arribaba
una bella embarcación
con las velas desplegadas,
la mesana, el trinquete, la mayor…
Era un clíper, de arboladura alta,
casco alargado, estrecho y veloz,
el único que se podía codear
con los barcos de vapor.
Cuando empezó la carga
del
“Bruja de las Olas”
fui a pedir trabajo con gran ilusión,
a cambio recibí una carcajada
impresa en humillación,
de uno que llevaba faldas
Su barba era pelirroja,
masticaba tabaco y bebía ron,
llevaba dos anclas tatuadas
en sendos antebrazos,
una cicatriz le cruzaba
desde el ojo izquierdo al labio,
como los viejos piratas
o los temidos corsarios.
El era un hombre maduro,
yo todavía un muchacho.
Como no encontré manera
de convencer a aquel diablo,
me ingenie una estratagema
para darle el esquinazo.
De noche me acerqué al muelle,
sigiloso escurrí el bulto,
y dentro de un cajón de víveres
permanecí esa noche oculto.
Después, noté me elevaban
pues me sentí levitar
y como me descargaban
como un embalaje normal.
De tanto tiempo en cuclillas
tenía dormidas las piernas,
y al mirar por una rendija
y no ver a nadie cerca
salí de aquella guarida
que resultó ser la bodega.
Allí permanecí tres días
hasta que uno se sorprendiera
al bajar a por bebidas
que una caja estaba abierta;
y al ver botellas vacías
dio la alarma en la cubierta.
Oí: ¡Atención, atención,
llevamos a bordo algún polizón!
Les hice perder buen rato
jugando a la caza del gato,
Ya en presencia del capitán
cabeceó lamentándose:
¡Ya estamos en alta mar,
tendrás que acabar el viaje!
De aquella loca manera
comencé como grumete,
así conocí otras tierras,
otras culturas y gentes.
Aquel día el cielo inmaculado
se reflejaba en el espejo del mar,
el sol con sus destellos irisados
caían con fuerza y en vertical.
Como si nos fuesen marcando el rumbo
un tropel de delfines nadaban a la par;
parecía fuésemos al fin del mundo,
todo era un desierto de agua y sal,
el barco hendía en él un surco
que al instante se volvía a llenar.
Al cabo de algún tiempo de navegación
se produjo en mí un extraño fenómeno
de mareo en los ojos y desorientación
me hallé en un total desconcierto.
Perdí la noción de la verticalidad,
no sabía si la claridad venía de arriba,
si el aire el agua, o el cielo era el mar.
Acabé por creer en islas ilusorias,
de orillas de playas inexistentes,
cual sensación de espejismos y
apariencias,
de un estrabismo total y persistente.
Era como si me dieran vueltas a sí mismo
con un atolondramiento de tiovivo,
me preguntaba si aquellos marinos
conservaban todavía una noción cabal,
aunque aparentasen un aspecto tranquilo
luciendo en sus hebillas la insignia Real.
Como salido de los instintos de otro mundo
resonaban en mis oídos mil caracolas,
con ecos lejanos de voces de náufragos
difuntos
envolviendo el barco de la proa a la
eslora.
El barco navegaba rumbo a China,
para realizar el comercio del té.
¡Aquel que me pareció tener manía
resultó ser un genuino escocés!
Con él compartí camarote,
fue mi tutor, oficial y juez,
gracias a él salí a flote
enseñando mi derecho y mi deber.
Su mirada era muy fría
aunque noble de corazón,
le pregunté por su herida
y una noche me respondió:
En una ocasión fuimos abordados
cuando nos dirigíamos al Japón,
por unos piratas malayos
próximo a la playa del Arpón.
Eran gitanos del mar de Andamán,
de pelo rojizo oxidado,
especialistas en el arte de tatuar,
del buceo y del asalto.
Un treinta y uno de mayo
hubo un diablo oriental
que interrumpió mi descanso
con su sobra fantasmal.
A su grito de furia infernal
saltó con su sable en mano
y por pura casualidad
tan sólo me dio este tajo.
Llevaba la pistola en la faja,
y antes de blandearlo de nuevo
logré yo antes sacarla
e hice un disparo certero.
Trabajé cortando árboles
en las selvas amazónicas,
la naturaleza es exuberante
el clima igual en todas épocas.
Todo es majestuoso y fascinante,
como el día siguiente a la creación,
el calor suele ser sofocante
y llueve día si, día no.
Se cortaban árboles de maderas nobles,
de robustos troncos
como añosos robles.
Eran altos y frondosos,
de valiosas maderas:
ébanos, cedros rojos,
cativos, caobas negras,,
por nombrar unos pocos
de los que pueblan las selvas.
Con la resina del cativo
nos curábamos las llagas,
pues se nos agrietaban las manos
con el manejo del hacha.
Cuando un árbol caía
siempre se avisaba,
y un enorme estruendo
al crujir sus ramas
enmudecía el murmullo
de toda la fauna.
La selva, es el mundo de la trampa,
de la mentira y el falso semblante,
verde disfraz, estratagema y máscara,
juego de apariencias rimbombantes.
Las serpientes parecen lianas,
y si no tienen nervaduras
semejan
a maderas caras.
Escamas de ananá,
ojos de ala de falena,
anillos de coral…
Vasto país vegetal de pocas puertas,
algo así como el Arca de Noé
donde cupieron todos los animales de la
tierra,
pero sólo tenía una puerta pequeña.
* * *




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