domingo, 13 de enero de 2019

La más guapa de la aldea "Cuento"


LA MÁS GUAPA DE LA ALDEA
"Cuento"

 


H

ace mucho tiempo, en una aldea remota, vivía una moza ya casadera; Pero que era un tanto desafortunada en el amor. Y no es que fuese fea como para espantar a cualquiera y echarse a correr, era muy normalita; pero no le salían pretendientes como sí, a otras muchas  de sus características. Hecho por el cual sentía ciertos complejos. Para colmo de males, una mañana se despertó como si hubiese cogido la urticaria, tenía un picor enorme por todo el cuerpo, la cara le ardía e incluso pensó que tenía fiebre. El picor aumentó y no paraba de rascarse. La cara se le puso encendida y a continuación empezó a formársele granos, pero eran tantos, que la cara empezó incluso a deformársele. Al verla su madre, se alarmó de la cara que llevaba. -¡Uff! Ya te puedes lavar con agua de rosas -le dijo, y la moza hizo caso; pero cuanto más se lavaba, más le picaba todo el cuerpo. De modo   que ya estaba desesperada.
- Por si eran pocos mis males, parece como si Dios me estuviese sometiendo a una nueva prueba, pues con este rostro ya no voy ni a poder salir de casa.-dijo lamentándose.
Pasaron unos días; pero ni el agua de rosas, ni los ungüentos con miel, ni otros remedios ancestrales  daban resultados satisfactorios, de modo que su madre decidió el ir en busca de una bruja o   hechicera, que según contaban vivía sola en el bosque para comunicarle el caso, y ver si aquel mal de su hija podría tener algún remedio. A ella acudían,  cuando la situación se les iba de las manos,  o bien porque las mujeres no podían tener descendencia, creían que se les había echado el mal de ojo, o para averiguar si volverían sus maridos con bien de la guerra.
 
La señora en cuestión preparó una cesta con algunos productos alimenticios como presente para la  hechicera y se adentró en el enmarañado bosque. Según decían, solamente había que caminar y caminar, pues la hechicera no tenía residencia fija. Sólo así caminando, o bien por el movimiento de las ramas de los árboles o  por el alboroto producido por los asustados pajarillos, era él quien salía al encuentro de quienes en el bosque se adentraban. La mujer ya se cansaba, y pensó que  quizá la bruja o hechicera  todavía no había advertido su presencia. De modo que para hacerse notar más de su presencia, cuando no caminaba y se sentaba para descansar, entonces cantaba. De esa manera intercalando el caminar con el canto, estaba segura de que la hechicera, más pronto que tarde aparecería. Pero se le echó la noche encima, y un frío espectral se apoderó de sus huesos. Acurrucada al amparo de un roble intentó dormirse, pero de pronto le pareció oír voces, voces lejanas, como el viento de las tormentas, las cuales le decían: 

“Prueba de mis bellotas, verás que dulces.
Bebe de mis aguas con el rocío.
 Estira la mano y cien mariposas
posarán desnudas en el estío”.

La estrofa de vez en cuando se repetía como si alguien intentara que se la aprendiese de memoria. La noche la pasó muy intranquila, tiritando de frío, y la  hechicera seguía sin aparecer. Por fortuna había logrado grabársele en la memoria la estrofa e intentó sacarle algún sentido.
 
Una bellota desprendida de una alta rama del roble, fue a caérsele encima de la cabeza, por lo que la mujer, a parte de espabilarla, observó que era  una bellota lo que le había llovido del cielo, se agachó y probó la bellota, esta resultó ser dulce. A lo mejor- se dijo, por mediación de la  bruja y hechicera, llegó hasta mis oídos dicha estrofa. Quizá, esa ha sido su manera de ponerse en contacto conmigo, y en dicha estrofa esté la clave de algún remedio que cure a mi hija. Tras pasar un rato dándole vueltas al asunto, decidió coger veinte bellotas, tantas como años tenía su hija, después estiró los brazos y una bandada de alegres mariposas fueron a posarse directamente sobre su mano, y tras coger algunas de las alas, observó que los dedos se le quedaban impregnados de un polvo de  diferentes tonos, según el colorido de la mariposa en cuestión prácticamente hasta desnudarlas. De modo que se dijo, ya tengo la clave: machacaré las veinte bellotas, añadiré el polvo de las alas de las mariposas, y las condimentaré con  un chorrito de agua del rocío de las flores. Preparada dicha receta, la hizo un bolo y la envolvió en una hoja de parra trepadora, que había por allí y decidió el irse de nuevo hasta su casa. No sin antes dejar la cesta con los presentes que llevaba para el brujo en la base del roble donde durmió. Estaba perdida, y no sabía bien donde se dirigía, pero al igual que hiciese para adentrarse en el bosque, estaba convencida que saldría de allí, solo debería de caminar y cuando se cansara cantaría. De ese modo se le fueron abriendo todas las puertas de aquel laberinto vegetal, hasta salir del bosque. Y una vez en la aldea, dio la bola a su hija para que se la comiera. La joven lo hizo, y tras comerse el último bocado, en pocos segundos cayó en un profundo  y apacible sueño. Y ante aquel remanso de paz que el sueño de su hija le ofrecía, decidió que no  la  despertaría, hasta que a la mañana siguiente se encargaran de hacerlo el mirlo,  el ruiseñor, o por mediación de los arrullos de alguna tórtola enamorada. 
Con los melodiosos y tempraneros cantos del mirlo, la joven dama se despertó, y cual no sería su sorpresa al comprobar que todos los granos y picores habían desaparecido y que incluso la tersura de su piel se había convertido cual suave paño de terciopelo.
 
Loca de alegría llamó a su madre para que viera su nuevo aspecto, y su madre al verla   le dijo.- hija mía pareces una princesa, aunque tú siempre lo fuiste para mí (para todas las madres sus hijos son siempre los más guapos) Le entró una felicidad tan radiante que deseaba en esos momentos el ir a todas partes: a la fuente a buscar agua, a llevar el almuerzo a su padre que estaba en la viña, o hacer cualquier recado con tal de lucir su nuevo rostro. De modo que en el trajín de ir de allá para acá, enseguida fue vista por otras mozas, a las cuales les parecía  que era tan guapa que quizá pensaron en que no tendría competencia, pues conseguiría el corazón del hombre soñado sin apenas pestañear. Ni que decir tiene que también fue observada por la que se consideraba la más hermosa  de la aldea, lo que suscitó dicha envidia. La joven en cuestión indagó cual había sido el brebaje que se había tomado. Y al averiguar que era una receta que le había ofrecido la hechicera  del bosque, incitó a su madre para que se adentrase en él y le diera a ella otra receta u otra poción mágica, para que ya nadie pudiera arrebatarle el cetro de la belleza.
 
Su madre accedió a su petición, no sin antes decirle que a ella no le hacía falta ninguna pócima mágica para ser guapa, porque gracias a la suerte de su concepción, ella ya lo era de manera natural; pero la hija insistió en que al lado de la que acaba de ver era tremendamente fea, y que no podía consentir que aquella situación se dilatara en el tiempo.
La madre pues, dada la insistencia de su hija, se adentró en el recóndito bosque hasta que llegó un momento en que se perdió, y ya aturdida por tantos ecos siniestros, se sentó en la base de un roble donde curiosamente había una cesta de mimbre vacía. ¡Vaya! exclamó, a alguien se le habrá olvidado esta cesta cogiendo setas. (Dicha mujer no llevó ningún presente para ofrecérselo a la hechicera), por el contrario  se dijo mira que bien, ya tengo cesta para cuando sea la época de coger setas. La hechicera no aparecía, y de vez en cuando, sólo se oían algunos siniestros ululares de pájaros, o aves de mal agüero, por lo que la señora se afanó en intentar dar algún sentido a aquellos  escalofriantes sonidos que emanaban de las profundidades del bosque.
De pronto oyó lo que bien podría ser el aquelarre de una lechuza, y la mujer, queriendo dar un sentido a las cosas, le pareció que decía saltamontes. Al rato percibió el largo graznido de un cuervo sombrío, a cuyo sonido le pareció entender ajenjo (algo especialmente amargo)  a continuación lo hizo la abubilla, y de ésta interpretó bayas, y ya por último cantó la tórtola y de ésta le pareció entender bellotas.
Con aquel puzle alimenticio, la mujer  empezó a hacer sus cabalas, cuando de pronto algo le cayo encima de la cabeza. Era una bellota desprendida del añoso roble, la mujer se agachó y la probó. La bellota en cuestión resultó ser especialmente amarga. Estupendo se dijo, cogeré unas cuantas y las echaré en la cesta. Y mientras las cogía, de súbito hizo su aparición una especie de plaga de saltamontes por los alrededores y la mujer fue chafando unos cuantos con los pies y los echó también en la cesta, no muy lejos unas bayas rojas llamaron su atención, eran los frutos de un enebro por lo que decidió coger unas cuantas hasta llenar la cesta. Me supongo que todo esto ahora habrá que triturarlo con el mortero, para que se unan todos sus sabores. La mujer ya supuso que aquello sería tremendamente desagradable; pero que quizá había que hacer dicho sacrificio para dar satisfacción a los deseos de su caprichosa hija.
 
No tuvo demasiados problemas para salir del bosque y enseguida encontró el camino que le llevaría  a la aldea.
Al llegar a su casa, su hija se alegró, pues veía que su madre traía toda una cesta llena de lo que para ella, sería luego todo un festín de belleza viva.
-Venga madre prepáralo, pues ya, ardo en deseos  de experimentar sus milagros. Tanto insistió, que la madre sin incluso descansar del viaje se dispuso a preparar aquello en el mortero. Debería de machacarlo bien, de lo contrario cabía la posibilidad de que aquella receta ideada por los pájaros no diese el resultado deseado, que no era otro que el de convertir a su hija no en la más guapa de la aldea, sino de todo el universo.
Cuando  aquella masa de bellotas amargas, saltamontes y bayas de enebro, estaban totalmente triturados su madre le animó a que se lo comiese. La joven ya con el  primer bocado le pareció que se le iban a descomponer   las tripas; pero era tal su deseo de superar en belleza al resto de las jóvenes, que siguió comiendo de aquella especie de papilla fraguada en los confines del infierno hasta  acabar,  pues temía que si sobraba algo, alguien se la podría arrebatar y hacerle después la competencia.  Pues pensó que cuanto mayor fuese el sacrificio, mayor sería el resultado para obtener los deleites de la gloria. Cuando terminó de arrebañar el cuenco, la cabeza le empezó a dar vueltas y a continuación empezó a percibir unos chillidos  como provenientes de las almas del más allá, estancándoseles  en la cabeza. La joven gruñía y babeaba, estaba como poseída por Belcebú. Mientras su madre la observaba aterrorizada de los cambios que su hija estaba experimentando, pues lo curioso es que con  cada grito de desesperación y agonía, el rostro se le deformaba y le salía un sarpullido rojo sangre por todo el cuerpo; pero especialmente en la cara. Hasta los ojos se le inyectaron en sangre y aullaba como si de un perro rabioso se tratara. La joven y bella muchacha acabó por convertirse en un monstruo, con facciones rugosas y retorcidas del que nadie osaría acercársele, pues su fealdad era tan llamativa que hasta su aliento contaminaba el aire por donde ella pasaba.
 
Mientras que por el contrario, la que en un principio se consideraba fea,  era reclamada por todos, para alegrar la vista, como así lo hacen las flores en la exuberante primavera.

“Dios nos otorgó dos  piernas,
dos brazos, un corazón…
Y una singular belleza
fruto de la creación.
Que bellas son las mujeres
de manera natural. 
Mas si envidias lo que vieres
puedes acabar fatal.”

“Este cuento viene a cuento, ya que por lo visto, se viene contando de forma oral de generación en generación, por una familia que se cree descendiente de la que era la fea de la aldea, y que gracias a la receta de aquella  enigmática hechicera  acabó  siendo la más guapa. Parte  de los descendientes de  esa familia tuve el gusto de conocerlos hace treinta y cinco años. Mi padre tuvo especial interés en que fuésemos a visitar a su prima hermana, que era una descendiente directa de la mencionada muchacha. Ya verás que guapa es. Aquella belleza se había transmitido de generación en generación, y por lo que pude observar, tanto ella como sus hijos, todos eran rubios, más bien altos y con ojos azules, de rasgos finos y por supuesto  que muy guapos.”

 

 

 

 

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