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ace mucho tiempo, en una aldea remota,
vivía una moza ya casadera; Pero que era un tanto desafortunada en el amor. Y
no es que fuese fea como para espantar a cualquiera y echarse a correr, era muy
normalita; pero no le salían pretendientes como sí, a otras muchas de sus características. Hecho por el cual
sentía ciertos complejos. Para colmo de males, una mañana se despertó como si
hubiese cogido la urticaria, tenía un picor enorme por todo el cuerpo, la cara
le ardía e incluso pensó que tenía fiebre. El picor aumentó y no paraba de
rascarse. La cara se le puso encendida y a continuación empezó a formársele
granos, pero eran tantos, que la cara empezó incluso a deformársele. Al verla
su madre, se alarmó de la cara que llevaba. -¡Uff! Ya te puedes lavar con agua
de rosas -le dijo, y la moza hizo caso; pero cuanto más se lavaba, más le picaba
todo el cuerpo. De modo que ya estaba
desesperada.
- Por si eran pocos mis males, parece como si Dios me estuviese sometiendo a una nueva prueba, pues con este rostro ya no voy ni a poder salir de casa.-dijo lamentándose.
- Por si eran pocos mis males, parece como si Dios me estuviese sometiendo a una nueva prueba, pues con este rostro ya no voy ni a poder salir de casa.-dijo lamentándose.
Pasaron
unos días; pero ni el agua de rosas, ni los ungüentos con miel, ni otros
remedios ancestrales daban resultados
satisfactorios, de modo que su madre decidió el ir en busca de una bruja o hechicera, que según contaban vivía sola en
el bosque para comunicarle el caso, y ver si aquel mal de su hija podría tener
algún remedio. A ella acudían, cuando la
situación se les iba de las manos, o
bien porque las mujeres no podían tener descendencia, creían que se les había
echado el mal de ojo, o para averiguar si volverían sus maridos con bien de la
guerra.
La
señora en cuestión preparó una cesta con algunos productos alimenticios como
presente para la hechicera y se adentró en el enmarañado bosque. Según decían,
solamente había que caminar y caminar, pues la hechicera no tenía residencia
fija. Sólo así caminando, o bien por el movimiento de las ramas de los árboles
o por el alboroto producido por los asustados pajarillos, era él quien salía al
encuentro de quienes en el bosque se adentraban. La mujer ya se cansaba, y
pensó que quizá la bruja o hechicera todavía no había
advertido su presencia. De modo que para hacerse notar más de su presencia,
cuando no caminaba y se sentaba para descansar, entonces cantaba. De esa manera
intercalando el caminar con el canto, estaba segura de que la hechicera, más
pronto que tarde aparecería. Pero se le echó la noche encima, y un frío
espectral se apoderó de sus huesos. Acurrucada al amparo de un roble intentó
dormirse, pero de pronto le pareció oír voces, voces lejanas, como el viento de
las tormentas, las cuales le decían:
“Prueba
de mis bellotas, verás que dulces.
Bebe
de mis aguas con el rocío.
Estira la mano y cien mariposas
posarán
desnudas en el estío”.
La
estrofa de vez en cuando se repetía como si alguien intentara que se la
aprendiese de memoria. La noche la pasó muy intranquila, tiritando de frío, y
la hechicera seguía sin aparecer. Por fortuna había logrado grabársele en la
memoria la estrofa e intentó sacarle algún sentido.
Una
bellota desprendida de una alta rama del roble, fue a caérsele encima de la
cabeza, por lo que la mujer, a parte de espabilarla, observó que era una bellota lo que le había llovido del
cielo, se agachó y probó la bellota, esta resultó ser dulce. A lo mejor- se
dijo, por mediación de la bruja y hechicera, llegó hasta mis oídos dicha estrofa. Quizá, esa
ha sido su manera de ponerse en contacto conmigo, y en dicha estrofa esté la clave
de algún remedio que cure a mi hija. Tras pasar un rato dándole vueltas al
asunto, decidió coger veinte bellotas, tantas como años tenía su hija, después
estiró los brazos y una bandada de alegres mariposas fueron a posarse directamente
sobre su mano, y tras coger algunas de las alas, observó que los dedos se le
quedaban impregnados de un polvo de
diferentes tonos, según el colorido de la mariposa en cuestión
prácticamente hasta desnudarlas. De modo que se dijo, ya tengo la clave:
machacaré las veinte bellotas, añadiré el polvo de las alas de las mariposas, y
las condimentaré con un chorrito de agua
del rocío de las flores. Preparada dicha receta, la hizo un bolo y la envolvió
en una hoja de parra trepadora, que había por allí y decidió el irse de nuevo
hasta su casa. No sin antes dejar la cesta con los presentes que llevaba para
el brujo en la base del roble donde durmió. Estaba perdida, y no sabía bien
donde se dirigía, pero al igual que hiciese para adentrarse en el bosque, estaba
convencida que saldría de allí, solo debería de caminar y cuando se cansara
cantaría. De ese modo se le fueron abriendo todas las puertas de aquel
laberinto vegetal, hasta salir del bosque. Y una vez en la aldea, dio la bola a
su hija para que se la comiera. La joven lo hizo, y tras comerse el último
bocado, en pocos segundos cayó en un profundo
y apacible sueño. Y ante aquel remanso de paz que el sueño de su hija le
ofrecía, decidió que no la despertaría, hasta que a la mañana siguiente
se encargaran de hacerlo el mirlo, el
ruiseñor, o por mediación de los arrullos de alguna tórtola enamorada.
Con
los melodiosos y tempraneros cantos del mirlo, la joven dama se despertó, y
cual no sería su sorpresa al comprobar que todos los granos y picores habían
desaparecido y que incluso la tersura de su piel se había convertido cual suave
paño de terciopelo.
Loca
de alegría llamó a su madre para que viera su nuevo aspecto, y su madre al
verla le dijo.- hija mía pareces una
princesa, aunque tú siempre lo fuiste para mí (para todas las madres sus hijos
son siempre los más guapos) Le entró una felicidad tan radiante que deseaba en
esos momentos el ir a todas partes: a la fuente a buscar agua, a llevar el
almuerzo a su padre que estaba en la viña, o hacer cualquier recado con tal de
lucir su nuevo rostro. De modo que en el trajín de ir de allá para acá,
enseguida fue vista por otras mozas, a las cuales les parecía que era tan guapa que quizá pensaron en que
no tendría competencia, pues conseguiría el corazón del hombre soñado sin
apenas pestañear. Ni que decir tiene que también fue observada por la que se
consideraba la más hermosa de la aldea,
lo que suscitó dicha envidia. La joven en cuestión indagó cual había sido el
brebaje que se había tomado. Y al averiguar que era una receta que le había
ofrecido la hechicera del bosque, incitó a su madre para que se adentrase en él y
le diera a ella otra receta u otra poción mágica, para que ya nadie pudiera
arrebatarle el cetro de la belleza.
Su
madre accedió a su petición, no sin antes decirle que a ella no le hacía falta
ninguna pócima mágica para ser guapa, porque gracias a la suerte de su
concepción, ella ya lo era de manera natural; pero la hija insistió en que al
lado de la que acaba de ver era tremendamente fea, y que no podía consentir que
aquella situación se dilatara en el tiempo.
La
madre pues, dada la insistencia de su hija, se adentró en el recóndito bosque
hasta que llegó un momento en que se perdió, y ya aturdida por tantos ecos
siniestros, se sentó en la base de un roble donde curiosamente había una cesta
de mimbre vacía. ¡Vaya! exclamó, a alguien se le habrá olvidado esta cesta
cogiendo setas. (Dicha mujer no llevó ningún presente para ofrecérselo a la hechicera), por el contrario se dijo mira
que bien, ya tengo cesta para cuando sea la época de coger setas. La hechicera no
aparecía, y de vez en cuando, sólo se oían algunos siniestros ululares de
pájaros, o aves de mal agüero, por lo que la señora se afanó en intentar dar
algún sentido a aquellos escalofriantes
sonidos que emanaban de las profundidades del bosque.
De
pronto oyó lo que bien podría ser el aquelarre de una lechuza, y la mujer,
queriendo dar un sentido a las cosas, le pareció que decía saltamontes. Al rato
percibió el largo graznido de un cuervo sombrío, a cuyo sonido le pareció
entender ajenjo (algo especialmente amargo)
a continuación lo hizo la abubilla, y de ésta interpretó bayas, y ya por
último cantó la tórtola y de ésta le pareció entender bellotas.
Con
aquel puzle alimenticio, la mujer empezó
a hacer sus cabalas, cuando de pronto algo le cayo encima de la cabeza. Era una
bellota desprendida del añoso roble, la mujer se agachó y la probó. La bellota
en cuestión resultó ser especialmente amarga. Estupendo se dijo, cogeré unas
cuantas y las echaré en la cesta. Y mientras las cogía, de súbito hizo su
aparición una especie de plaga de saltamontes por los alrededores y la mujer
fue chafando unos cuantos con los pies y los echó también en la cesta, no muy
lejos unas bayas rojas llamaron su atención, eran los frutos de un enebro por
lo que decidió coger unas cuantas hasta llenar la cesta. Me supongo que todo
esto ahora habrá que triturarlo con el mortero, para que se unan todos sus
sabores. La mujer ya supuso que aquello sería tremendamente desagradable; pero
que quizá había que hacer dicho sacrificio para dar satisfacción a los deseos
de su caprichosa hija.
No
tuvo demasiados problemas para salir del bosque y enseguida encontró el camino
que le llevaría a la aldea.
Al
llegar a su casa, su hija se alegró, pues veía que su madre traía toda una
cesta llena de lo que para ella, sería luego todo un festín de belleza viva.
-Venga
madre prepáralo, pues ya, ardo en deseos de
experimentar sus milagros. Tanto insistió, que la madre sin incluso descansar
del viaje se dispuso a preparar aquello en el mortero. Debería de machacarlo
bien, de lo contrario cabía la posibilidad de que aquella receta ideada por los
pájaros no diese el resultado deseado, que no era otro que el de convertir a su
hija no en la más guapa de la aldea, sino de todo el universo.
Cuando aquella masa de bellotas amargas, saltamontes
y bayas de enebro, estaban totalmente triturados su madre le animó a que se lo
comiese. La joven ya con el primer
bocado le pareció que se le iban a descomponer
las tripas; pero era tal su deseo de superar en belleza al resto de las
jóvenes, que siguió comiendo de aquella especie de papilla fraguada en los
confines del infierno hasta acabar, pues temía que si sobraba algo, alguien se la
podría arrebatar y hacerle después la competencia. Pues pensó que cuanto mayor fuese el
sacrificio, mayor sería el resultado para obtener los deleites de la gloria.
Cuando terminó de arrebañar el cuenco, la cabeza le empezó a dar vueltas y a
continuación empezó a percibir unos chillidos
como provenientes de las almas del más allá, estancándoseles en la cabeza. La joven gruñía y babeaba,
estaba como poseída por Belcebú. Mientras su madre la observaba aterrorizada de
los cambios que su hija estaba experimentando, pues lo curioso es que con cada grito de desesperación y agonía, el
rostro se le deformaba y le salía un sarpullido rojo sangre por todo el cuerpo;
pero especialmente en la cara. Hasta los ojos se le inyectaron en sangre y
aullaba como si de un perro rabioso se tratara. La joven y bella muchacha acabó
por convertirse en un monstruo, con facciones rugosas y retorcidas del que
nadie osaría acercársele, pues su fealdad era tan llamativa que hasta su
aliento contaminaba el aire por donde ella pasaba.
Mientras
que por el contrario, la que en un principio se consideraba fea, era reclamada por todos, para alegrar la
vista, como así lo hacen las flores en la exuberante primavera.
“Dios nos otorgó dos piernas,
dos brazos, un corazón…
Y una singular belleza
fruto de la creación.
Que bellas son las mujeres
de manera natural.
Mas si envidias lo que vieres
puedes acabar fatal.”
“Este
cuento viene a cuento, ya que por lo visto, se viene contando de forma oral de
generación en generación, por una familia que se cree descendiente de la que
era la fea de la aldea, y que gracias a la receta de aquella enigmática hechicera acabó
siendo la más guapa. Parte de los
descendientes de esa familia tuve el
gusto de conocerlos hace treinta y cinco años. Mi padre tuvo especial interés
en que fuésemos a visitar a su prima hermana, que era una descendiente directa
de la mencionada muchacha. Ya verás que guapa es. Aquella belleza se había
transmitido de generación en generación, y por lo que pude observar, tanto ella
como sus hijos, todos eran rubios, más bien altos y con ojos azules, de rasgos
finos y por supuesto que muy guapos.”







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