EN LA
ÉPOCA DE LA SIEGA
"Gigante"
A
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quella primavera había sido lluviosa,
lo cual había favorecido que granasen las mieses y la cosecha se
presentaba fabulosa. Los hombres sin
tierras y sin trabajo esperaban entusiasmados el momento de la siega. Quizá no
fuesen más que treinta días; pero estirando un poco el jornal posiblemente les
diese para pan hasta llegar el invierno,
con la recogida de la aceituna. El problema es que eran muchos los hombres sin
tierra, y muy pocos los que las poseían. Por eso, los terratenientes se podían
permitir el lujo de concentrar a todos los hombres en la plaza del pueblo y elegir a dedo aquellos a los que
iban a tener la fortuna de ganarse un jornal dignamente. O bien te elegían tras
conocer tus dotes como trabajador, según lo demostrado el año anterior, o bien
porque algunos de ellos habían incluso ofrecido los servicios de sus jóvenes
hijas como doncellas en sus casas, exponiéndose con ello a los caprichos carnales
de los ricos terratenientes. Aún así, serían muchos los hombres que no podrían
ir a trabajar, haciendo que sus vidas, se llenasen de frustración, brotando las semillas del rencor y que
aflorarían años más tarde con la guerra civil. ”La tierra para quienes la
trabajan” y no convertirlas en cotos privados de caza para que se entretuvieran los señoritos.
Dicho esto,
había pues que ser muy competitivo en el
trabajo. Trabajar a destajo aunque se cobrase a jornal, y curtirte bien ante
las adversidades. Superada esta prueba de fuego, ya te podías ir por el mundo,
porque en cualquier parte de él, seguro
que triunfarías o destacarías.
Venancio
ya había superado todas estas pruebas; pero a diferencia de muchos otros que
hastiados de dicha situación años más
tarde les llevarían a lugares lejanos como Alemania, Suiza, Francia, o incluso
a Australia, donde décadas más tarde muchos
lograron hacer fortuna y parte de esas fortunas fueron especialmente
dirigidas a comprar parte de las fincas de los grandes terratenientes. Pues
cuando aquella mano de obra barata y productiva desapareció, curiosamente les
llegó el declive, y las fincas se
hicieron insostenibles. Venancio se quedó en España, recalando en Santa Coloma
del Gra Manet. Buscaban obreros y él buscaba trabajo, de modo que gracias a esa
conjunción se presentó en la obra, y una vez admitido el encargado, le mandó a
una especie de descampado donde llevarían idea de realizar viviendas y le ordenó que fuese limpiando
toda la enrona y materiales diversos que se encontraban diseminados por la zona, para
lo cual se le dispuso de un carretillo, una pala y una azada.
Al día
siguiente Venancio fue hasta la oficina para preguntarle al encargado que qué
es lo que hacía ese día. El encargado le dijo: Váyase usted donde ayer y siga
limpiando.
-Es
que lo que me mandó hacer ayer, ya lo terminé.
El
encargado con cara de asombro e incredulidad dijo: -¿Como vas a terminar tú sólo todo
aquello?
-Pues
acérquese y lo compruebe.
El
encargado se levantó de la mesa, y aceleró sus pasos para comprobar si había
limpiado todo y bien. Y al llegar al
descampado su sorpresa fue mayúscula.
-¡Pero
bueno…!Si no lo veo no me lo creo! ¿usted de donde ha salido? Si aquí había
trabajo para diez personas durante al menos
seis días.
- De
Extremadura.
-¡Ya
me parecía a mí…, extremeño tenías que ser! Menudo aguante tenéis los
extremeños. Ya tenía yo ciertas nociones de ellos; pero esto…, esto supera a
todo lo que me habían contado.
El
encargado lo mandó a hacer otra cosa y al rato llegó un hombre bien vestido y
aseado a donde Venancio estaba. Era el jefe.
-Buenos
días buen hombre, ¿es usted el extremeño?
Pues
sí.-contestó.
-Ya he
visto la labor que realizó usted ayer. Por aquí nos estamos habituados a tales
proezas. ¿Tiene usted algún hijo en edad de trabajar?
-El
hijo mayor tiene catorce años.-contestó.
-Pues
si como dicen que de tal palo sale tal astilla, tráigalo para aquí, que aunque
sea lo colocaremos como pinche y para hacer recados.
-Ah
pues muchas gracias. Lo traeré, pues allí en el pueblo no hay trabajo ni para
los hombres.
Ni que
decir tiene que en los sucesivos trabajos que en su vida se le presentaron, en
todos dejó la huella imborrable de un gigante, “de un gigante extremeño.”


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