viernes, 4 de enero de 2019

Cadencia extremeña

CADENCIA EXTREMEÑA

 

Desde mi exilio interior sufro.

Sufro por la sangre abrasada de mi tierra,

extrema y dura.

Sufro por estar lejos de sus pueblos,

que, encalados, flamean bajo el sol deslumbrante.

Sufro por estar privado del   placer que supone

el contemplar sus jarales floridos,

sus dehesas azules,

sus tierras de barros inmortales,

los esplendorosos trigos de La Serena,

y el horizonte inmenso de sus encinas añosas.

Pues estoy aquí, acuñado por un cierzo baturro

en salobres  tierras forasteras,

donde la arenosa primavera monegrina

en medio de  pueblos polvorientos

deshoja la esperanza

de volver a mi tierra  preñada de semillas y follajes,

de donde tuve que emigrar

por culpa de caciques de ojos azules,

donde la azada con el astil doblado por el tesón

sustentaban su  agricultura.

 

En la armonía del aire,

se expandían los trinos de los vencejos,

los cálidos arrullos de las tórtolas,

y los cantos monótonos de las cigarras

con los primeros albores de la aurora.

Extremadura :

esta palabra resuena en mis tímpanos,

y la extiendo con el céfiro de la tarde

donde quiera que vaya,

como un estandarte de símbolos de oro.

 

Aunque otros te cuarteen con manos grasientas

y  esparzan tu polen,

tus fragancias y tu rocío,

y arranquen tus alas

para extirpar tus vuelos conquistadores.

Soy amante de mi tierra y mi pueblo,

refrescado por el Guadiana,

aunque regado con el perlado sudor del labriego,

mas mi orgullo asoma y llama

en cada aldaba de los cortijos,

y mira por cada rendija u ojo de cerradura,

como si naciera por cada valle,

por cada dehesa,

en cada ribazo pacense,

donde las huellas oscuras

de la aurora olvidada,

transitan en los abismos harapientos

de un amor poderoso

que emana cadencia extremeña.

 

Vivo con la infinita angustia de estar lejos,

nos separan bosques y ríos,

angostos caminos,

y racimos de pueblos

que cantan con labios desbordados

joticas  a la Virgen.

Pero la húmeda fragancia de las encinas,

levanta mi pluma con imperiosa autonomía,

llenando mi ser

con las sustancias y pedrerías de tu boca,

tras someterme al embravecido escalofrío

que atraviesan mis ovarios

cada vez que algo me recuerda a mi ribera natal.

 

Los hombres extremeños

despiertan ya de su letargo oceánico,

y trituran las encendidas guirnaldas de su  herencia

provenientes de sus húmedos dominios,

donde los brazos de Cortés y de Pizarro,

fueron los dioses pequeños de mi tierra

dentro de la roja primavera humana,

con la prolífica armadura de la aurora,

la cual, daba esa energía solitaria

y cuyos rasgos guerreros

yacen ahora en las pirámides del Machu - Pichu,

y en los templos de Tena yuca,

bajo el azul furioso de la corona austral.
 

El mediodía transparente

transporta el naufragio

de  aquellos valientes  corazones extremeños

que conquistaron nuevos continentes

con sus largos puñales

para grandeza de reyes desmedidos

en la rabiosa historia.

 

Así, encadenaron con sus aceros

las vértebras andinas,

rompiendo los salobres fantasmas

de sus pétreos monumentos,

sembrando de barrotes carnívoros

los azahares de seda,

y  pisoteando con sus indómitos corceles

los maizales de oro.

Más de una pobre vida se hundió

en las aguas mortuorias

de los padres de los ríos,

el Amazonas y Orinoco,

donde lacerados galeones

yacen en su lecho,

carcomidos ya por las espumas viscerales,

compartiendo banquete

con las algas y pólipos

a las pirañas y caimanes,

destrozando la vida  de los ensueños,

amarrando a su lecho

la cariátide desdentada

de una tierra barnizada hebra a hebra,

curtida por el  frío y el flamígero sol

de  garañones rayos,

aguijoneada por la espinosa zarza del olvido:



 

Así es mi Extremadura,

tierra de navajos conquistadores

y  esta mi cadencia extremeña

que elevo como un himno al sol,

al sol de mi añorada tierra

con las palabras propias del buen extremeño:

jigo, jacha y jiguera.

 

* * *

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