domingo, 27 de enero de 2019

El serpa extremeño "Gigante

"Gigante"
EL SERPA EXTREMEÑO

"Gigante"

 



E

ran los años del hambre. Por aquella época la gente sobrevivía como podía, la que no, simplemente moría.
Había que agarrarse a todo lo que puede ser masticable, desde tacarnillas o cardos borriqueros (lógicamente quitando las agudas espinas) hasta disputarle las cuatro bellotas que quedaban en el suelo a los cerdos ibéricos, después de ser cosechadas las encinas.
España era candidata al hambre desde el momento que finalizó la guerra civil. Por un lado, la secuela de asesinatos, destrucción e injusticias cometidas por el bando victorioso que sumió a gran parte del país en la pobreza, el hambre y la enfermedad. Y a nivel internacional, una vez finalizada La Segunda Guerra Mundial, España fue aislada por la mayoría  de los países pertenecientes a las Naciones Unidas, sin tener en cuenta que la condena no recaía solamente sobre los responsables del genocidio, sino sobre el pueblo, que además de soportar las arbitrariedades y castigos  de los vencedores fue ignorado por  los países aislacionistas.
 
Solamente Eva Duarte, protectora de los humildes y defensora de los trabajadores, llegó a España desde Argentina acompañada de un cargamento de maíz, trigo, lentejas “sin bichos” y carne para un pueblo hambreado, reconociendo el pueblo llano que era una verdadera abanderada de la justicia social. Sin embargo, a lo largo de dieciocho días de estadía en España, la abundancia de comida en cenas y almuerzos ofrecidos en su honor, daba la impresión de que el pueblo español estaba sometido a una leve dieta. Basta tomar por ejemplo la cena servida en el salón mudéjar en la plaza de America en Sevilla, en el que ochenta y cuatro comensales se deleitaron con un menú compuesto por consomé, caviar, patee, salmón del Bidasoa y pularda, regado con abundantes vinos españoles y champagne. Y para rematar la fiesta se presentó un enorme pastel llevado por unos pajes, que como en las grandes  películas musicales de los años cuarenta, dejó surgir de su interior a dos afamados artistas de la época. Narci Díaz y Naranjito de Triana.
 
            Y mientras la nobleza festejaba, el pueblo esperaba que alguien les tirara las sobras. Seguramente el Caudillo habrá dado orden: Si hay pobreza, que no se note.
La gente vendía todo lo que tenía un poco de valor y se compraba a un precio miserable aquello que se guardaba como una reliquia. La gente se vendía los ajuares bordados de boda, las mantas, las vajillas, el ganado, las bestias domésticas… Más una vez que se encontraban en que ya no tenían nada más para vender, empezaban los serios problemas. Había que agudizar mucho los sentidos, el ingenio, o echarle valor para hacer cosas tan inverosímiles como trasportar a la espalda ciento cuarenta kilos de hierros de chatarra durante cuatro o cinco leguas, para recibir después a cambio una miseria (Yo cuarenta kilos no los llevaría ni cien metros sin rendirme)
Venancio, sabía que a esa distancia existió durante la guerra un campo de concentración, donde iban a parar  todos los que intentaron pasar a Portugal huyendo de la guerra civil. El dictador Salazar, nos los devolvía únicamente con la condición de ser masacrados después en la plaza de toros de Badajoz.
Pero una vez terminada la guerra, era frecuente el encontrar chatarra diseminada en algunos lugares que podrían ser  considerados como idílicos: nidos de ametralladoras en farallones como cortados a pico, castillos medievales derruidos que sirvieron como barricadas…
 
En aquella ocasión vio oportuno Venancio el ir al campo a recoger chatarra para luego venderla, he izo un gran fardo capaz de asustar a cualquier bestia; pero como en esos momentos no tenía, la bestia tuvo que ser él. Según cuenta, cuando se cansaba de una parte del hombro, se la echaba al otro. Los hierros se clavaban en su piel haciéndoles marcas; pero como para no acabar, mejor era no haber empezado y él ya  lo había hecho, el de llevar a cuestas todas las penas del mundo en forma de chatarra, no se sabe como, pero milagrosamente llegó hasta la chatarrería, eso sí, exhausto. La espalda la llevaba en carne viva. Y tras enseñarle al dueño de la chatarrería el hierro que iba  a vender le dijo: - ¡Menuda bestia te habrá echo falta para traer semejante fardo, eh, Venancio! En aquellos momentos se desprendió de su camisa y le enseñó la espalda. - Mira quien es la bestia que lo ha traído desde cinco leguas.
 

El dueño de la chatarrería no salía de su asombro. Aquello había que verlo para creerlo. Y quizá teniendo un poco de piedad,  le pagó un poco más  de lo que el material valía, en consideración por su heroico esfuerzo.

“Los serpas son unos habitantes de la región del Everest, techo del mundo. “Solo Kumbu” EL valle de los pájaros del Sur. Lugar al que accedieron tras la persecución que sufrieron en su país, el Tíbet, por las autoridades  chinas al anexionar su territorio. La vida en alta cota les permite resistir perfectamente alturas de 6.000 metros.

 Hoy día sorprenden al mundo cada vez que culmina con éxito un alpinista occidental  uno de sus ocho ocho miles que hay en la cordillera del Himalaya. Y ellos  son los encargadazos de transportar a sus espaldas las pesadas cargas que para el alpinismo se necesitan. Cualquier otra persona que intentara hacer lo que hacen ellos, seguramente reventaría.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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