"Gigantes"
E
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n aquellos tiempos, antes de la Guerra Civil Española, la vida era dura. Y
en el ámbito laboral catastrófico. Había
que agarrarse a lo que fuera, y aquel que tenía el privilegio de caerle bien a
un terrateniente, pues podría ser que le tuviera ocupado gran parte del año en
sus fincas. No había maquinaria agrícola, y todas las labores del campo se
hacían con mulas o azadas. Y cuando llegaba la época de la cosecha se
segaba con hoz. Este es el caso de
Toribio, un mocetón fuerte y habituado a la labranza con una yunta de mulas. Se
levantaba al amanecer y trabajaba hasta oscurecer. No había contratos de horas
pactadas para trabajar. Las horas de trabajo las marcaba el sol. De ahí el
dicho de que se trabajaba de sol a sol.
Un
buen día preparó la yunta de mulas y se dispuso a labrar la tierra, para
prepararla para la siembra, con el arado mono surco. Hacía tres días que había
llovido, por lo que la tierra se encontraba a tempero, hecho éste que facilitaría
su labor; Pero a mitad de mañana, sintió algunas molestias en su pie derecho,
algo le estorbaba e incluso molestaba, movía los dedos de los pies mientras
faenaba, y en según que posición, no le molestaba tanto, de modo que cuando
sentía molestias, volvía a mover los
dedos, hasta hacerlo más llevadero. Ya en el crepúsculo decidió dar por
concluida su jornada y se fue hasta el cortijo, para guardar las mulas en los
establos. El pesebre estaba vacío, por lo que decidió acercarse hasta el
granero para coger unos cubos de avena y cebada, momento éste en que fue
advertido por el terrateniente que cojeaba ostensiblemente del pie derecho. De
modo que se acercó para interesarse de si había tenido algún percance.
-¿Qué
te pasa Toribio? Pues parece que cojeas.
-No
sé…, esta mañana he sentido como si se me metiese algo dentro del zapato, y por
no parar a ver que era, aún debo de
llevarlo.
-A ver
hombre, descálzate.- le indicó.
Toribio
se quitó el zapato delante de él, y el terrateniente observó que hasta en el
calcetín llevaba restos de sangre.
-
Fíjese don José…, se me había metido esta piedrecita, ¡me cago en la mar…, pues no me ha hecho hasta sangre!
-Bueno
Toribio, pues mañana no vengas a
trabajar. Estás despedido.
Toribio
se quedó extrañado ante tal determinación, pues él consideraba que era toda una
hombría la que había realizado de la cual incluso creía que le iba a alabar.
-¿Por
qué me despide usted don José?
-Porque
si para ti eres así, ¿con las mulas como serás? Igual no les das ni agua para
beber para que no descansen. De modo que no me quiero arriesgar más contigo,
ante el temor de que algún día me las
puedas reventar.
(Desde
que mi padre me contó esta historia, cada vez que se me mete algo en el zapato
por pequeño que sea, me paro, y esté
donde esté, me descalzo para quitármelo)


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