viernes, 11 de enero de 2019

El último espartano "Gigantes"


EL ÚLTMO ESPERTANO

"Gigantes"

 


A

quella mañana era radiante y clara,  una ligera brisa de poniente movía las hojas de los sauces y álamos  de la ribera. Se oía la música del  transcurrir sonoro del río, y algún pájaro carpintero, picoteaba algún árbol, extendiendo sus ecos hasta el horizonte. Todo era apacible, el verde intenso, el azul soñado. Nuestro protagonista, un guarda de asalto republicano, se encontraba asando  unas ancas de rana y unos galápagos, que había conseguido capturar en el lecho de río. Llevaba idea de marchar veloz  para comunicar con toda clase de detalles sus últimos avistamientos, tras infiltrarse en  zona enemiga. En este caso había avistado a una columna formada por catorce  hombres, los cuales guiaban a una veintena de mulas cargando en  su lomo armamento pesado y cajas de munición, y que en la noche anterior habían acampado en una especie de castillo medio derruido; pero que aún mantenía en pie una de sus techumbres.
Ganas le dieron cuando aprovechando que estaban todos juntos cenando el  haberlos capturado a todos, según Venancio, le hubiese resultado muy sencillo, dado que para más INRI habían dejado todos los fusiles en un motón, al lado justo de un agujero de la pared, lugar por donde habría entrado, y tras apuntarles con el arma haber mandado atarse uno a otros y llevárselos  prisioneros, (De ese modo al menos recuperaría las cuatro mulas que le incautó La República a su familia, y que hasta fecha de hoy, nadie ha dado señales de devolvérselas.)  Pero tenía órdenes explícitas de no disparar, ni hacer prisioneros, su cometido era solamente el de informar los movimientos de las tropas enemigas.
De pronto se sobresaltó, le pareció haber oído un murmullo lejano acompañado por los chasquidos, producidos  al romperse ciertas ramitas secas del suelo, tras ser pisadas por las feroces botas fascistas, pues hasta en ese detalle las reconocía. (El iba en alpargatas)
Rápidamente apagó el fuego con  arena para evitar ser  delatado por el humo, y puso en guardia. Se echo mano a su cinto cubierto por bombas de piña y tras  comprobar que todas permanecían en su sitio, desbrochó la funda de su pistolera, y tras quitar  el seguro,  pistola en mano avanzó unos pasos, para comprobar mejor la situación. ¡Esta era dramática!  Más de doscientos fascistas se dirigían hacia el río. Se quedó asombrado de cómo a algunos de estos fascistas le relucían sus enormes medallones por el efecto del sol en la  pechera de sus guerreras, consiguiendo incluso deslumbrarle. Lo más lógico hubiese sido dado su inferioridad, el practicar el mimetismo o hacer un hoyo en el suelo y meterse en él aunque con ello le  pisaran la cabeza. Pero eso iba contra sus principios de hombría, y mientras llegaba el momento más propicio para enfrentarse a ellos, y quizá temiéndose lo peor, empezaron a desfilar por su mente los recuerdos de por qué  se encontraba allí. Recordaba el día en que fue en busca de leña con su burrito tuerto y a su regreso, y poco antes de llegar al pueblo, en una encrucijada de caminos se encontró a un paisano suyo, que corriendo y fatigado, en dirección contraria preguntó: - ¿A donde vas Venancio?- ¿A dónde voy a ir?,  al pueblo- contestó -.Pues no vayas—le advirtió--, vete a otro sitio…, vete al pueblo de al lado…, vete a la zona republicana…, porque los fascistas…, los fascistas han entrado en el pueblo, y están matando a todos los jóvenes que ven, por el mero hecho de ser jóvenes ¿Hay algún crimen mayor que éste Dios mío?- ¡Huye…, huye Venancio…! Y así, huyendo, ahora estaba allí, sirviendo en el bando republicano por preservarse de lo que hubiese sido una muerte segura.
Con cierto nerviosismo observaba como los fascistas seguían avanzando hacia su posición. Iban avanzando en horizontal, como cuando se rastrea a una presa o para dar con el paradero de  un asesino; pero él no lo era. Era un gigante, un espartano, y así se les iba a demostrar. Tras cambiar ligeramente su posición, pues algunas ramas de los árboles le estorbaban para sus propósitos, y cuando estimó que estaban a su alcance, comenzó a lanzarles una tras otra, todas las bombas de mano que  portaba. Unas para aquí…,  otras para allá…. El caos que formó debió de ser descomunal, y seguramente los fascistas pensando que estaban siendo atacados por un verdadero ejército, se echaron cuerpo a tierra. Momento en que Venancio aprovechó para salir corriendo río abajo como un lebrel, logrando sobrevivir para contarlo. Todavía, si es que alguno de estos fascistas vive, se estará preguntando quién  o quienes les atacaron en la oriya del río.

“En la batalla de las Termópilas, un grupo de trescientos  espartanos se enfrentaron en su angosto estrecho a más de medio millón de persas encabezados por su rey Jerjes, logrando aniquilar a más de doscientos mil de ellos.
 Los valientes espartanos no huyeron; Pero todos murieron.”
***

 

 

 

 

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