EL
ÚLTMO ESPERTANO
"Gigantes"
"Gigantes"
A
|
quella mañana era radiante y clara, una ligera brisa de poniente movía las hojas
de los sauces y álamos de la ribera. Se
oía la música del transcurrir sonoro del
río, y algún pájaro carpintero, picoteaba algún árbol, extendiendo sus ecos
hasta el horizonte. Todo era apacible, el verde intenso, el azul soñado.
Nuestro protagonista, un guarda de asalto republicano, se encontraba
asando unas ancas de rana y unos
galápagos, que había conseguido capturar en el lecho de río. Llevaba idea de
marchar veloz para comunicar con toda
clase de detalles sus últimos avistamientos, tras infiltrarse en zona enemiga. En este caso había avistado a
una columna formada por catorce hombres,
los cuales guiaban a una veintena de mulas cargando en su lomo armamento pesado y cajas de munición,
y que en la noche anterior habían acampado en una especie de castillo medio derruido;
pero que aún mantenía en pie una de sus techumbres.
Ganas
le dieron cuando aprovechando que estaban todos juntos cenando el haberlos capturado a todos, según Venancio, le
hubiese resultado muy sencillo, dado que para más INRI habían dejado todos los
fusiles en un motón, al lado justo de un agujero de la pared, lugar por donde
habría entrado, y tras apuntarles con el arma haber mandado atarse uno a otros
y llevárselos prisioneros, (De ese modo
al menos recuperaría las cuatro mulas que le incautó La República a su familia,
y que hasta fecha de hoy, nadie ha dado señales de devolvérselas.) Pero tenía órdenes explícitas de no disparar,
ni hacer prisioneros, su cometido era solamente el de informar los movimientos
de las tropas enemigas.
De
pronto se sobresaltó, le pareció haber oído un murmullo lejano acompañado por
los chasquidos, producidos al romperse
ciertas ramitas secas del suelo, tras ser pisadas por las feroces botas
fascistas, pues hasta en ese detalle las reconocía. (El iba en alpargatas)
Rápidamente
apagó el fuego con arena para evitar
ser delatado por el humo, y puso en
guardia. Se echo mano a su cinto cubierto por bombas de piña y tras comprobar que todas permanecían en su sitio,
desbrochó la funda de su pistolera, y tras quitar el seguro,
pistola en mano avanzó unos pasos, para comprobar mejor la situación. ¡Esta
era dramática! Más de doscientos
fascistas se dirigían hacia el río. Se quedó asombrado de cómo a algunos de
estos fascistas le relucían sus enormes medallones por el efecto del sol en
la pechera de sus guerreras,
consiguiendo incluso deslumbrarle. Lo más lógico hubiese sido dado su
inferioridad, el practicar el mimetismo o hacer un hoyo en el suelo y meterse
en él aunque con ello le pisaran la
cabeza. Pero eso iba contra sus principios de hombría, y mientras llegaba el
momento más propicio para enfrentarse a ellos, y quizá temiéndose lo peor,
empezaron a desfilar por su mente los recuerdos de por qué se encontraba allí. Recordaba el día en que
fue en busca de leña con su burrito tuerto y a su regreso, y poco antes de
llegar al pueblo, en una encrucijada de caminos se encontró a un paisano suyo,
que corriendo y fatigado, en dirección contraria preguntó: - ¿A donde vas
Venancio?- ¿A dónde voy a ir?, al
pueblo- contestó -.Pues no vayas—le advirtió--, vete a otro sitio…, vete al
pueblo de al lado…, vete a la zona republicana…, porque los fascistas…, los
fascistas han entrado en el pueblo, y están matando a todos los jóvenes que
ven, por el mero hecho de ser jóvenes ¿Hay algún crimen mayor que éste Dios mío?-
¡Huye…, huye Venancio…! Y así, huyendo, ahora estaba allí, sirviendo en el
bando republicano por preservarse de lo que hubiese sido una muerte segura.
Con
cierto nerviosismo observaba como los fascistas seguían avanzando hacia su
posición. Iban avanzando en horizontal, como cuando se rastrea a una presa o
para dar con el paradero de un asesino;
pero él no lo era. Era un gigante, un espartano, y así se les iba a demostrar. Tras cambiar
ligeramente su posición, pues algunas ramas de los árboles le estorbaban para
sus propósitos, y cuando estimó que estaban a su alcance, comenzó a lanzarles
una tras otra, todas las bombas de mano que
portaba. Unas para aquí…, otras
para allá…. El caos que formó debió de ser descomunal, y seguramente los
fascistas pensando que estaban siendo atacados por un verdadero ejército, se
echaron cuerpo a tierra. Momento en que Venancio aprovechó para salir corriendo
río abajo como un lebrel, logrando sobrevivir para contarlo. Todavía, si es que
alguno de estos fascistas vive, se estará preguntando quién o quienes les
atacaron en la oriya del río.
“En la
batalla de las Termópilas, un grupo de trescientos espartanos se enfrentaron en su angosto estrecho a más de medio
millón de persas encabezados por su rey Jerjes, logrando aniquilar a más de
doscientos mil de ellos.
Los valientes espartanos no huyeron; Pero todos murieron.”
Los valientes espartanos no huyeron; Pero todos murieron.”
***



No hay comentarios:
Publicar un comentario