sábado, 26 de enero de 2019

El cielo de los caballos


El cielo de los caballos

He comprado un caballo
De montura a mí pequeña,
El que tenía hubo que sacrificarlo
Se fracturó una pata delantera.
El caballo de mi pequeña
Job se llamaba,
Por él lloro de pena
La desdichada.
 
¡Qué dolor nos causó!
¡Qué tristeza más negra!
Pues no era de las de cura
Aquella amarga cojera.
Tanto dolor nos produjo
Que le dimos sepultura,
No nos comimos su carne
Como siempre se acostumbra.
No fue pasto de los buitres
Ni alimañas que royeran,
Lo metimos en un hoyo
Y lo cubrimos con tierra.
Para que todo él completo
Fuera  a su vida nueva,
Al cielo de los caballos
Donde sus antepasados
Sin duda alguna lo esperan.
 
Allí, ellos pastan tranquilos
En sus extensa praderas,
Donde mana el trigo,
Florecen las madreselvas,
Cada día les cae un rocío
De avellanas y almendras.
Lo surcan ríos cristalinos,
Y sus escarpadas crestas
Brillan igual que zafiros
Y que manojos de estrellas.
Allí, el sol los ilumina
En su eterna primavera,
Los ángeles peinan sus crines
Doradas como la seda,
Y grupos de serafines
Hacen con sus colas trenzas.
En él no existen parásitos,
Ni acosan temidas fieras,
Se oyen celestiales cantos
Que armonizan y deleitan.

Nunca se sienten cansados,
Todo es una dulce fiesta.
¡Quién pudiera ser caballo
Y alcanzar la Vida Eterna!

***

 

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