El
cielo de los caballos
He
comprado un caballo
De
montura a mí pequeña,
El
que tenía hubo que sacrificarlo
Se
fracturó una pata delantera.
El
caballo de mi pequeña
Job
se llamaba,
Por
él lloro de pena
¡Qué
dolor nos causó!
¡Qué
tristeza más negra!
Pues
no era de las de cura
Aquella
amarga cojera.
Tanto
dolor nos produjo
Que
le dimos sepultura,
No
nos comimos su carne
Como
siempre se acostumbra.
No
fue pasto de los buitres
Ni
alimañas que royeran,
Lo
metimos en un hoyo
Y
lo cubrimos con tierra.
Para
que todo él completo
Fuera
a su vida nueva,
Al
cielo de los caballos
Donde
sus antepasados
Allí,
ellos pastan tranquilos
En
sus extensa praderas,
Donde
mana el trigo,
Florecen
las madreselvas,
Cada
día les cae un rocío
De
avellanas y almendras.
Lo
surcan ríos cristalinos,
Y
sus escarpadas crestas
Brillan
igual que zafiros
Y
que manojos de estrellas.
Allí,
el sol los ilumina
En
su eterna primavera,
Los
ángeles peinan sus crines
Doradas
como la seda,
Y
grupos de serafines
Hacen
con sus colas trenzas.
En
él no existen parásitos,
Ni
acosan temidas fieras,
Se
oyen celestiales cantos
Que
armonizan y deleitan.
Nunca
se sienten cansados,
Todo
es una dulce fiesta.
¡Quién
pudiera ser caballo
Y
alcanzar la Vida Eterna!
***





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