TREN CON DESTINO A VALENCIA
Relato
H
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acía algunos días que mi padre estaba reservándome una sorpresa, más parecía tener cierto temor a decirme cual era. Pero aquella noche, tachonado el cielo por una infinidad de rutilantes estrellas, mi padre se inclinó hacia mí y dijo:
- Hijo, debo ofrecerte algunas explicaciones, para hacerte comprender el por qué durante todos estos años, y siempre que me preguntabas por tu madre o qué fue de ella, siempre te decía que ella falleció cuando tú aún eras un bebé.
- Mi padre se rodeo de una pálida aureola, conteniendo el aliento durante unos segundos. Parecía como si súbitamente hubiese anclado su espíritu en el lecho rezagante de su corazón. Atrapado en definitiva en la telaraña del tiempo. Mas cuando logró salir de su nebuloso letargo continuo:
- La verdad es que posees una madre, y ella está viva; pero además, tienes una hermana gemela. Sé que he hecho pedazos mi más preciado tesoro, con nuestro divorcio; pero el juez se empeñó en hacer justicia salomónica, y a mí me concedió la potestad de tu custodia, mientras que a tu hermana Ángela, le fue otorgada a tu condescendiente madre.
Créeme, hijo, que se me partió el corazón con aquel acervado dardo. Pero por fin, mañana, todos juntos, podremos remover las cenizas del tiempo para que nos responda con su llama de fantasía. Ya tengo los billetes sacados para el tren de mañana a las cuatro de la tarde, donde partiremos hasta Valencia, lugar donde ambas residen.
Yo tan apenas sí podía comprender lo que mi padre me decía con aquella brutal confesión, mas me veía fascinado por aquella historia.
Me dio unos golpecitos en la espalda y luego acaricio las mejillas. Mas mis emociones, siempre ocultas, sólo asomaban cautelosamente, como suelen hacer los hombres al enfrentarse a una situación nueva, para después, saltar prontas como un frío resorte ante aquellos secretos que se habían convertido en latigazos de destrucción.
-Este viaje, este reencuentro era algo ya predestinado, mas si me equivoco, si cometo nuevamente un error, asumiré mi responsabilidad y la culpa que me corresponda; pero esta decisión de tanta trascendencia para ambos es únicamente una nota continuada e invariable dentro de la melodía de la vida, encontrándonos ahora en la bifurcación del camino de la derrota o de la victoria.
¿Cómo es mi madre papá?
Tu
madre, créeme hijo, es una mujer extraordinaria. ¡Cuándo pienso en todas las
dificultades que en tu ausencia habrá tenido que sobrellevar creo volverme
loco! Ella es fuerte, un torreón de fortaleza diría. Yo hice de ella un ídolo,
era de espíritu dulce, risueña y con una brizna de coquetería, como a mí
siempre me han gustado fuesen las mujeres…
Aquella
noche no pude dormir de la emoción. Los demonios nocturnos no me abandonaron
hasta por la mañana, cuando el sol brillante,
penetró a través de las rendijas de la persiana, iluminando mi habitación con
sus dorados rayos.
Me
asomé por la ventana y a través de los
cristales, contemplé el prado, este, estaba esmaltado por mil pintadas
florecillas, los tréboles estaban crecidos y había margaritas y dientes de león
con su reverberante y peculiar
esplendor.
La
excitación de aquellas largas horas de espera,
hasta la salida del tren iba a perdurar
en mí para toda la vida.
Tímido
y radiante, engalanado como un árbol de Mayo, llegué andando junto a mi padre
hasta la estación. Por momentos, quedé perplejo
y fascinado de ella, pues esta, parecía esculpida en una montaña de
mármol: Fría, blanca y vasta.
La
estación en cuestión parecía sacada de un cuento de hadas, donde me daba la
sensación de que en cualquier momento desaparecería, como si su visión fuese el
fruto de un sueño, que acabaría por esfumarse una vez me despertara.
De
repente alguien por la megafonía nos advirtió: “Próxima parada del tren con
destino a Valencia”
Un
sonido lejano estremeció el aire con un
bocinazo ensordecedor, semejante al producido por la fusión de mil blancas
caracolas de mar. El tren apareció súbitamente, como si surgiera de la nada, de
una boca de túnel tan negro como el de una vieja boca de mina abandonada.
Cuando
el tren paró totalmente, la locomotora brillaba esplendorosamente debido a la
luz del sol. De la barriga de aquella enorme serpiente con ruedas de hierro, comenzó a salir una multitud de gente, la cual, agitada y
rumorosa, desprendían en el andén un susurro como de colmena. Una marea de hombres y mujeres comenzó a arremolinarse
nerviosamente ante las puertas de los vagones del tren. Observé como en sus
rostros se reflejaba una extraña expresión.
Sólo se pueden comprender a las personas cuando estas son capaces de
compartir sus sentimientos; pero esta serie de personas hacinadas, esperando
ser transportadas a no sé que escogidos
lugares, por lo visto, no estaban por la
labor de compartirlos.
Al
pretender entrar en el vagón, una oleada de gente sin áureo rostro nos bamboleo
a mí y a mi padre, empujándonos sin compasión.
El
revisor de los billetes, un hombre de edad madura, flaco y enjuto, pasó
mecánicamente, sin prestarnos demasiada
atención. En el vagón reinaba una semioscuridad al tener las cortinas de los
amplios ventanales totalmente cerradas, quizá para protegerse del sol, pues éste
atravesaba los cristales convirtiéndolos en gigantescas lupas, molestando por ello a los ojos.
-
Cuando
entramos en el vagón de cola, mi padre extendió las piernas con aire
satisfecho. Se llevó las manos a la nuca y proyectó su mirada hacia el valle,
hermoseado por el verdor de los campos de alfalfa y un bosquecillo tallar en la
colina cercana, que la brisa del Sur acariciaba cálidamente.
Mi
espíritu pugnaba por alzarle una pregunta a mi padre; pero este se hallaba
envuelto en una maraña de piadosas cavilaciones.
Aquel iba a ser mi primer viaje en tren, y esperaba con
impaciencia el que este arrancase para sentir aquella afable
experiencia. Mientras mi vista pastoreaba a las personas que
compartían asiento en nuestro vagón. Pues tenía en esos
momentos una curiosidad insaciable, fijándome en lo que
hacían. El de frente mía, absorbía con su flamígera mirada y
de soslayo a la señora que tenía enfrente, quien sabe si
ensimismada en las tinieblas de su conciencia.
Otro, un
joven remangado hasta la altura de los codos y con el pecho de su camisa casi
totalmente abierto, permanecía absorto leyendo una novela del Oeste.
La gente por
lo visto pasaba de entablar conversaciones amistosas con aquellos a quienes no
conocen. En esos momentos, me hubiese gustado romper violentamente aquel
reinante silencio a base de gritos, en cierta manera para liberarme de aquella
claustrofobia que invariablemente sentía con aseveración.
De
repente, el potente motor del tren
empezó a ronronear suavemente, para continuar con un ruido martilleante y
veloz, al poco, nos encontrábamos atravesando las campiñas animadas por la
florida primavera. El tren traqueteaba
sobre las pedregosas vías y los campos
corrían veloces ante mi azorada vista.
- ¿Papá, ya
sabías lo que era un tren?- pregunté para combatir mi tedio.
-Hijo, mis
primeros recuerdos sobre el tren se remontan a cuando con voz trémula
tu abuelo contaba viejas historias de juventud, cuando estuvo construyendo las primeras líneas férreas en
el Oeste americano, y cuya frontera entre el Este y el Oeste, según él decía,
se hallaba en la fastuosa ciudad de San Luís, por donde transcurre el caudaloso
río Missouri, surcado por innumerables barcos de vapor, y cuyas orillas estaban
unidas por un puente llamado “Las puertas del Oeste”
-
En efecto, allí estuvo él. Por aquel entonces corría el año 1884, cuando debido
a las circunstancias se vio obligado a
ejercer el durísimo trabajo de tender las traviesas y empernar los
raíles, junto a miles de chinos.
Tras
una larga travesía de varias semanas, aquella riada de músculos y huesos,
embarcados en vagones de ganado, y en las que las locomotoras de vapor con
secos y graves resoplidos se arrastraban a través de las montañas,
balanceándose como un barco agitado por un mar proceloso. Los obreros tenían
que excavar las laderas de las colinas y abrir grandes túneles bajo los picachos
a base de pico y pala.
Todavía
veo el rostro arrugado y eufórico de tu abuelo cuando me lo contaba, envuelto
este recuerdo descarnado y doliente con el énfasis que empleaba en sus duras
palabras. La verdad, decía, es bella, aunque sea una verdad estremecedora.
El
trabajo en las vías férreas era demasiado duro; pero toda aquella gente, leía
la frialdad del futuro de su vida en
relación a la estrella que en esos momentos les iluminaba.
-¿El
futuro? ¿Quién puede prever el futuro papá?
-
El hombre nunca hijo. Dado que el hombre es el controlador, el pensador, el que
formula siempre la pregunta que un día contestarán las máquinas. En tal caso
prever el futuro siempre ha sido para el hombre un desafío.
-
Quien sabe papá, quizá nosotros lo veamos
reflejado en nuestras vidas algún día.
El tren lanzaba al aíre secos bocinazos al atravesar un
paso a nivel sin barreras, como si aquella máquina, se
hubiese adaptado ya a la celeridad del tiempo, de
sonoridades profundas e inesperadas, en este complejo
mundo de ritos heredados, donde se encuentra consuelo en
la evocación del más cruel de los recuerdos y donde
nuestro espíritu penetra en una espesa bruma sulfurosa,
impregnada de ensueños con su ideal de honestidad.
hubiese adaptado ya a la celeridad del tiempo, de
sonoridades profundas e inesperadas, en este complejo
mundo de ritos heredados, donde se encuentra consuelo en
la evocación del más cruel de los recuerdos y donde
nuestro espíritu penetra en una espesa bruma sulfurosa,
impregnada de ensueños con su ideal de honestidad.
Valencia
se divisaba a lo lejos. Grandes extensiones
de naranjos se extendían por el horizonte como si se tratase de un
extenso tapete de billar, pero mi corazón, presentía la cercanía de la
ciudad “che” su cielo limpio y las fragancias de azahar lo delataban.
A
lo que nos quisimos dar cuenta entramos en el hangar, que era fastuoso, al
igual que toda la estación de estilo modernista según me contó mi padre. Yo
buscaba con ansiedad a mi madre y a mi hermana ¿aparecerían? Y ante aquel desequilibrio emocional de ver
tanta gente pululando de aquí para allá, esperaba con especial interés y cierta dosis de
ingenuidad que alguien sujetando un
cartel me lo advirtiera “Hola hijo somos tu madre y tu hermana” despejando así nuestro oscuro
pasado; pero tal caso no se dio, por eso, nos dirigimos a la entrada principal.
Aquellas paredes, aquellos rincones, impregnados sin duda de susurros amorosos
y de despedidas dulces, me causaron
fascinación y encanto. Al llegar a su fachada principal, ésta, adornada con
motivos vegetales, naranjas y flores de azahar, inspirados seguramente en la
agricultura valenciana, sentí un presentimiento extraño, pues a escasos metros, una niña peinada con dos
trenzas del color de la miel, adornadas con unos lacitos de seda de color rosa,
sujetando con una mano un globo azul y con la otra aferrada a la mano de una
mujer, indicó a mi impresionable corazón
que eran ellas, una fuerza invisible que surgió de mi alma lo predijo,
volando cual mariposas hasta donde se encontraban ellas. Nuestras miradas chocaron de forma electrizante
y una aureola de radiante satisfacción invadió
toda la estación, la cual me pareció un
inmenso palacio sacado de un cuento de las mil y una noches. Mi madre estaba
tan bella, como la misma Reina de Shaba, y mi hermana, me pareció tal y como ese hermoso
capullo adherido a la rosa que todavía
exhala de su pecho las fragancias de la
savia que la sustentó.
Como
de forma tácita, todos corrimos a darnos el tan deseado abrazó, que tantas veces
el destino me había negado.
Al
fin, se había obrado el milagro de nuestro encuentro, y siempre permanecerá en
mi mente esa visión bajo el maravillo embrujo de la estación de tren de
Valencia.
***





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