martes, 29 de enero de 2019

Tren con destino a Valencia "Relato"


TREN CON DESTINO A VALENCIA

Relato


 

H


acía algunos días que mi padre  estaba reservándome una sorpresa, más parecía tener cierto temor a decirme cual era. Pero aquella noche, tachonado el cielo por  una infinidad de rutilantes estrellas, mi padre se inclinó hacia mí y dijo:

- Hijo, debo ofrecerte algunas explicaciones, para hacerte comprender el por qué  durante todos estos años, y siempre que me preguntabas por tu madre o qué fue de ella, siempre te decía que ella falleció cuando tú aún  eras un bebé.

 

- Mi padre se rodeo de una pálida aureola, conteniendo el aliento durante unos segundos. Parecía como si súbitamente hubiese anclado su espíritu en el lecho rezagante de su corazón. Atrapado en definitiva en la telaraña del tiempo. Mas cuando  logró salir de su nebuloso letargo continuo:

- La verdad es que posees una madre, y ella está viva; pero además, tienes una hermana gemela. Sé que he hecho pedazos mi más preciado tesoro, con nuestro divorcio; pero el juez se empeñó en hacer justicia salomónica, y a mí me concedió la potestad de tu custodia, mientras que a tu hermana Ángela, le fue otorgada a tu condescendiente madre.

Créeme, hijo, que se me partió el corazón con aquel acervado dardo. Pero por fin, mañana, todos juntos,  podremos remover las cenizas del tiempo para que nos responda  con su llama de fantasía. Ya tengo los billetes sacados para el tren de mañana a las cuatro de la tarde, donde partiremos hasta Valencia, lugar donde ambas residen.

Yo tan apenas sí podía comprender lo que mi padre me decía con aquella brutal confesión, mas me veía fascinado por aquella historia.

Me dio unos golpecitos en la espalda y luego acaricio las mejillas. Mas mis emociones, siempre ocultas, sólo asomaban cautelosamente, como suelen hacer los hombres al enfrentarse a una situación nueva, para después, saltar prontas como un frío resorte ante aquellos secretos que se habían convertido en latigazos de destrucción.

-Este viaje, este reencuentro era algo ya predestinado, mas si me equivoco, si cometo nuevamente un error, asumiré mi responsabilidad y la culpa que me corresponda; pero esta decisión de tanta trascendencia  para ambos es únicamente una nota continuada  e invariable dentro de la melodía de la vida, encontrándonos ahora en la bifurcación del camino de la derrota o de la victoria.

¿Cómo es mi madre papá? 
Tu madre, créeme hijo, es una mujer extraordinaria. ¡Cuándo pienso en todas las dificultades que en tu ausencia habrá tenido que sobrellevar creo volverme loco! Ella es fuerte, un torreón de fortaleza diría. Yo hice de ella un ídolo, era de espíritu dulce, risueña y con una brizna de coquetería, como a mí siempre me han gustado fuesen las mujeres…
Aquella noche no pude dormir de la emoción. Los demonios nocturnos no me abandonaron hasta por la mañana, cuando el sol  brillante, penetró a través de las rendijas de la persiana, iluminando mi habitación con sus dorados rayos.
Me asomé por la ventana  y a través de los cristales, contemplé el prado, este, estaba esmaltado por mil pintadas florecillas, los tréboles estaban crecidos y había margaritas y dientes de león con su  reverberante y peculiar esplendor.
La excitación de aquellas largas horas de espera,  hasta la salida del tren  iba a perdurar en mí para toda la vida.
Tímido y radiante, engalanado como un árbol de Mayo, llegué andando junto a mi padre hasta la estación. Por momentos, quedé perplejo  y fascinado de ella, pues esta, parecía esculpida en una montaña de mármol: Fría, blanca y  vasta.
La estación en cuestión parecía sacada de un cuento de hadas, donde me daba la sensación de que en cualquier momento desaparecería, como si su visión fuese el fruto de un sueño, que acabaría por esfumarse una vez me despertara.
De repente alguien por la megafonía nos advirtió: “Próxima parada del tren con destino a Valencia”
Un  sonido lejano estremeció el aire con un bocinazo ensordecedor, semejante al producido por la fusión de mil blancas caracolas de mar. El tren apareció súbitamente, como si surgiera de la nada, de una boca de túnel tan negro como el de una vieja boca de mina abandonada.
Cuando el tren paró totalmente, la locomotora brillaba esplendorosamente debido a la luz del sol. De la barriga de aquella enorme serpiente con ruedas  de hierro, comenzó a salir  una multitud de gente, la cual, agitada y rumorosa, desprendían en el andén un susurro como de colmena. Una marea  de hombres y mujeres comenzó a arremolinarse nerviosamente ante las puertas de los vagones del tren. Observé como en sus rostros se reflejaba  una extraña  expresión.  Sólo se pueden comprender a las personas cuando estas son capaces de compartir sus sentimientos; pero esta serie de personas hacinadas, esperando ser transportadas  a no sé que escogidos lugares, por lo visto, no estaban  por la labor de compartirlos.
Al pretender entrar en el vagón, una oleada de gente sin áureo rostro nos bamboleo a mí y a mi padre, empujándonos sin compasión.
El revisor de los billetes, un hombre de edad madura, flaco y enjuto, pasó mecánicamente, sin  prestarnos demasiada atención. En el vagón reinaba una semioscuridad al tener las cortinas de los amplios ventanales totalmente cerradas, quizá para protegerse del sol, pues éste atravesaba los cristales convirtiéndolos en gigantescas lupas, molestando  por ello a los ojos.
-          Cuando entramos en el vagón de cola, mi padre extendió las piernas con aire satisfecho. Se llevó las manos a la nuca y proyectó su mirada hacia el valle, hermoseado por el verdor de los campos de alfalfa y un bosquecillo tallar en la colina cercana, que la brisa del Sur acariciaba cálidamente.
Mi espíritu pugnaba por alzarle una pregunta a mi padre; pero este se hallaba envuelto en una maraña de piadosas cavilaciones.

Aquel iba a ser mi primer viaje en tren, y esperaba con

impaciencia el que este arrancase para sentir aquella afable

 experiencia. Mientras mi vista pastoreaba a las personas que

compartían asiento en nuestro vagón. Pues tenía en esos

momentos una curiosidad insaciable, fijándome en lo que

 hacían. El de frente mía, absorbía con su flamígera mirada y

 de soslayo a la señora que tenía enfrente, quien sabe si

ensimismada en las tinieblas de su conciencia.

Otro, un joven remangado hasta la altura de los codos y con el pecho de su camisa casi totalmente abierto, permanecía absorto leyendo una novela del Oeste.
La gente por lo visto pasaba de entablar conversaciones amistosas con aquellos a quienes no conocen. En esos momentos, me hubiese gustado romper violentamente aquel reinante silencio a base de gritos, en cierta manera para liberarme de aquella claustrofobia que invariablemente sentía con aseveración.
De repente,  el potente motor del tren empezó a ronronear suavemente, para continuar con un ruido martilleante y veloz, al poco, nos encontrábamos atravesando las campiñas animadas por la florida primavera. El tren  traqueteaba sobre las pedregosas vías y los campos  corrían veloces ante mi azorada vista.
- ¿Papá, ya sabías lo que era un tren?- pregunté para combatir mi tedio.
-Hijo, mis primeros recuerdos sobre el tren se remontan a cuando con voz  trémula  tu abuelo contaba viejas historias de juventud, cuando estuvo  construyendo las primeras líneas férreas en el Oeste americano, y cuya frontera entre el Este y el Oeste, según él decía, se hallaba en la fastuosa ciudad de San Luís, por donde transcurre el caudaloso río Missouri, surcado por innumerables barcos de vapor, y cuyas orillas estaban unidas por un puente llamado “Las puertas del Oeste”
- ¡Caramba!  ¿De verdad estuvo allí el abuelo trabajando?
 
- En efecto, allí estuvo él. Por aquel entonces corría el año 1884, cuando debido a las circunstancias se vio obligado a  ejercer el durísimo trabajo de tender las traviesas y empernar los raíles, junto a miles de chinos.
Tras una larga travesía de varias semanas, aquella riada de músculos y huesos, embarcados en vagones de ganado, y en las que las locomotoras de vapor con secos y graves resoplidos se arrastraban a través de las montañas, balanceándose como un barco agitado por un mar proceloso. Los obreros tenían que excavar las laderas de las colinas y abrir grandes túneles bajo los picachos a base de pico y pala.
 
Todavía veo el rostro arrugado y eufórico de tu abuelo cuando me lo contaba, envuelto este recuerdo descarnado y doliente con el énfasis que empleaba en sus duras palabras. La verdad, decía, es bella, aunque sea una verdad estremecedora.
El trabajo en las vías férreas era demasiado duro; pero toda aquella gente, leía la frialdad del futuro  de su vida en relación a la estrella que en esos momentos les iluminaba.
-¿El futuro? ¿Quién puede prever el futuro papá?
- El hombre nunca hijo. Dado que el hombre es el controlador, el pensador, el que formula siempre la pregunta que un día contestarán las máquinas. En tal caso prever el futuro siempre ha sido para el hombre un desafío.
- Quien sabe papá, quizá nosotros lo veamos  reflejado en nuestras vidas algún día.
      El tren lanzaba al aíre secos bocinazos al atravesar un
    paso a nivel sin barreras, como si aquella máquina, se

     hubiese   adaptado ya  a la celeridad del tiempo, de
     
    sonoridades  profundas e inesperadas, en este complejo

     mundo de ritos heredados, donde se encuentra consuelo en

     la evocación del más cruel de los recuerdos y donde

     nuestro espíritu penetra en una espesa bruma sulfurosa,
     
    impregnada de ensueños con su ideal de honestidad.

Valencia se divisaba a lo lejos. Grandes extensiones  de naranjos se extendían por el horizonte como si se tratase  de un  extenso  tapete de billar,  pero mi corazón, presentía la cercanía de la ciudad “che” su cielo limpio y las fragancias de azahar lo delataban.
A lo que nos quisimos dar cuenta entramos en el hangar, que era fastuoso, al igual que toda la estación de estilo modernista según me contó mi padre. Yo buscaba con ansiedad a mi madre y a mi hermana ¿aparecerían?  Y ante aquel desequilibrio emocional de ver tanta gente pululando de aquí para allá, esperaba  con especial interés y cierta dosis de ingenuidad que alguien sujetando un  cartel me lo advirtiera “Hola hijo somos tu madre y  tu hermana” despejando así nuestro oscuro pasado; pero tal caso no se dio, por eso, nos dirigimos a la entrada principal. Aquellas paredes, aquellos rincones, impregnados sin duda de susurros amorosos y de despedidas dulces,  me causaron fascinación y encanto. Al llegar  a  su fachada principal, ésta, adornada con motivos vegetales, naranjas y flores de azahar, inspirados seguramente en la agricultura valenciana, sentí un presentimiento extraño, pues  a escasos metros, una niña peinada con dos trenzas del color de la miel, adornadas con unos lacitos de seda de color rosa, sujetando con una mano un globo azul y con la otra aferrada a la mano de una mujer, indicó a mi impresionable corazón  que eran ellas, una fuerza invisible que surgió de mi alma lo predijo, volando cual mariposas hasta donde se encontraban ellas.  Nuestras miradas chocaron de forma electrizante  y una aureola de radiante satisfacción invadió toda la estación, la cual me pareció  un inmenso palacio sacado de un cuento de las mil y una noches. Mi madre estaba tan bella, como la misma Reina de Shaba, y  mi hermana, me pareció tal y como ese hermoso capullo adherido a la rosa  que todavía exhala  de su pecho las fragancias de la savia que la sustentó.
 
Como de forma tácita, todos corrimos a darnos el tan deseado abrazó, que  tantas veces  el  destino me  había negado.
Al fin, se había obrado el milagro de nuestro encuentro, y siempre permanecerá en mi mente esa visión bajo el maravillo embrujo de la estación de tren de Valencia.
***

 

 

 

 

 

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