viernes, 4 de enero de 2019

Segunda carta a Mery

Segunda carta a Mery

 


Está lloviendo. Gruesa gotas chocan en los cristales de mi ventana para luego, deslizarse suavemente por sus vidrios como si fuesen ardientes lágrimas.

Oteo el horizonte y todo está envuelto en un velo gris. Las nubes coronan el cielo de la indiferencia de forma impetuosa. Quizá dentro de esas nubes procelosas gravitan las pasiones de mi alma. Y cada uno de sus truenos en mi corazón estalla. Luego, la culebrilla irregular  del intempestivo relámpago con su fuego de oro, ciega mis ojos y estremece. Mi alma entonces, al igual que la zarza bíblica prende, y su fuego, es incapaz de consumirse.


Llevo ya muchos días sufriendo los azotes de esta tormenta interior, enclaustrándome como un proscrito, sin haber cometido ningún crimen. Cosa que desconocía y este sea mi injusto castigo.

Los arreboles de la ilusión y fantasía, fueron arrastrados por aquilones de olvidos marchitos, hasta llegar a los confines de un bosque tapizado con las hojas perennes de crueles silencios.


La tarde dictamina su sentencia y sus crepúsculos son como plumas ensangrentadas de palomas devoradas por las orgullosas águilas.

Las noches cierran con manos de acero el paso a la poquita claridad que  subyace en mi interior, e invade con sus negras tinieblas.

Ecos lejanos de amores prohibidos, se adentran en las cavidades de mi mente, enarbolando banderas de color verde con las que se forjan las futuras esperanzas. Pese a que los agoreros cuervos con sus graznidos  ocres, se empeñen en decir lo contrario.

Y es que el amor es poema,

un poema extraordinario,

donde no ves ningún problema

sino todo lo contrario.

 

“Tu fiel admirador que nunca te olvida”

 

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