Cartas a Mery
Primera carta
Hoy, en esta mañana clara, tengo el atrevimiento de escribirte esta carta. Son muchos los días en que no tengo noticias tuyas. No sé si estás viva o por el contrario, estás muerta. Eso me entristece. Quizá te subiste en una vaporosa nube y ahora estás viajando por el glorioso Olimpo. De ser así, te ruego tomes la molestia de dirigir tu mirada a la Tierra, donde un simple mortal, llora apesadumbrado en amargo silencio.
Mándame desde el trono de tu Imperio un rayo de viva luz. Yo lo sabré distinguir. Sabré que me lo has enviado tú. O simplemente, personalízate en un pajarillo de vistoso plumaje, que oculto entre los verdes y tupidos setos, extienden sus prolongados trinos con los primeros albores del amanecer. Pues llegado a estos momentos, pienso que hasta los inocentes pajarillos se han confabulado para hacer de mi vida un lugar lúgubre y también sombrío.
El lago pálido de mi corazón, ya no transmite ondas por más piedrecillas que a él arroje. Quizá haya que cambiarlas por salobres lágrimas emanadas del hontanar de mi alma para ver si de ese modo, al menos, puedo producirte lástima.
Creo que confundiste mis sentimientos y también mis intenciones. No soy perro de presa que fuerte agarra. Al revés, soy dócil cordero que débil bala ¡Qué ironía, tener miedo de un inofensivo cordero, cuando el mundo está lleno de lobos fieros!
Quizá esta noche, cuando la maraña de seda negra cubra mis ojos, pueda transportarme al arco iris originado en la procelosa tormenta de los sentimientos, y en cualquiera de sus siete colores deje escrito este mensaje de amor. “Solo te pido que regreses para verte aunque sea por última vez, dándome así la ocasión de poder decirte que fue bonito mientras duró.”
“Tu fiel admirador que nunca te olvida”



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