Apergaminada y frágil,
temblorosa como una vela,
sin argucias ni voluptuosidad
declinan los otoños de la anciana.
Solitaria como una isla en el mar
cuya limpidez exaspera,
vencida por el orgulloso vuelo del albatros,
hirviente de concupiscencias,
flotando como una nube
en los ocasos del sol
cuya llama atraviesa el crepúsculo.
Aromatizada de pena y de deseo
exhala el perfume de otro mundo
e instala en el trono del sueño.
Con silencio supremo
se ve turbada en el cortejo del recuerdo
que aguijonearon la vida
impregnada siempre de miedos y espasmos
bajo la llama de un cielo gris,
resignada a mirar a las fieras del planeta
en un horizonte laureado de quimeras.
Privada de amor,
eleva sus ojos al cielo
e inunda las mejillas con níveas lágrimas.
El mirlo amoroso despliega sus alas
y se ve transportada hacia un arrebol
preñado de recuerdos sombríos,
arrancando un suspiro al sol.
Quizás el último,
encontrado en un segundo
el infinito gozo del paraíso.
* * *



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