Desnudo como el sol saboreé la muerte.
Vertí mi sangre en la enlutada amapola de la vida
con hedor ésta a cadáveres insepultos
en la nebulosa de su isla de oprobio.
Arañé los surcos de la tierra
destilando su rocío de placer
con la que el perverso sol se sustentó
en la nítida ingravidez de los cielos.
Siento oxidado el vendaval púrpura
en la calamitosa impronta
de un destino que se resiste
a navegar por el proceloso mar de la vida.
Mi corazón está solitario
bajo la sombra de un cielo boquiabierto
que me absorbe con su mirada tenaz.
Allí, en la íntima pasarela,
al borde de un abismo que se precipita,
permanece lúgubre el lívido resplandor
de mi nebulosa de terciopelo gris,
elevando su éxtasis al fuego negro de mi corazón.
* * *


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