El
aullido del viento
La hoja se desprende y balancea,
Empieza así su vuelo errático,
Cierra los ojos,
No sabe a dónde irá a parar;
Pero al cerrar los ojos se duerme;
Sentía que flotaba
Y otras veces que chocaba;
Más aún así,
Prefirió permanecer con los ojos cerrados,
Pensando en el horizonte,
En islas paradisíacas
Donde tan sólo basta con alzar la mano
Para alcanzar los frutos:
Más cuando creyó oportuno,
Abrió los ojos,
Su sorpresa fue que había ido a parar
A la base de su árbol,
Al mismo sitio que la vio nacer.
Por eso se preguntaba:
¿Dónde está ahora el viento que la arrastró?
¿Con cuál roca se chocó?
¿Dónde estaba el vergel que exquisitos frutos daba?
A su alrededor yacían
Cientos de hojas,
Que al igual que ella
Cerraron los
ojos para poder volar
A través de un aire metafísico,
Un aire que sopla,
Que viene y
va,
Sin pedir permiso,
Porque es
libre
Y libre siempre será.
Libre para estrangular a la hoja,
Libre para ahogar la palabra.
Más tuvo el atrevimiento de preguntar:
¿Dónde a vosotras llevó el viento?
-A mí me llevó hasta minas de oro.
-A mí, hasta el fondo del mar
Donde recogí sus perlas
Para hacer a mí amada un collar.
A mí, me llevó a praderas
Doradas como un trigal,
Donde los panes brotaban
Sin tener que trabajar.
-A mí en
cambio me llevó
Hasta un campo de batalla
Donde toda carne joven
Es vilmente capolada.
La tierra absorbió sus ímpetus
Con su sangre fue regada,
Si las palabras no fluyen
Mil obuses se disparan,
Ganando siempre los fuertes
Con su criminal metralla.
Donde se incuba la guerra,
Donde el amor se flagela,
Donde habita el anticristo
Que con su fuego condena.
Más luego quedé dormida,
Y cuando abrieron mis ojos,
Vi mil hojas desprendidas
Nacida del mismo tronco.
¡Ay Dios mío, qué amargura!
Se lamentó la hoja seca,
¡Predomina la negrura
Todo son sombras chinescas!
Pero llegó el viento frío
Con desolación y muerte,
Llevándose a los gentiles
Glorificando a los fuertes.
La carne pudre,
La hoja pudre,
Lo único que pervive
Es
el aullido del viento.
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