Resultado de una alquimia
¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿Cuándo...?
¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿Cuándo...?
¡Cuándo volveré a ver a la niña
saltando por entre las flores de la pradera!
No sé... no sé... no sé... no sé...
cuando nuevamente la podré ver.
La niña creció,
y la verde pradera se secó.
A todos nos ha de llegar la hora,
todos tenemos una hora,
una hora de justicia,
una hora de traición.
Una hora en que se nos apaga
el brillo de la frente,
al extinguirse la juventud.
Ojalá, ojalá, ojalá, ojalá...
todo siguiese bello y celestial.
Nos pasamos todo el día
buscando las espinas del rosal,
para evitar pincharnos sus espinas
que hacen renacer la melancolía
para toda la eternidad.
Pero acabamos pinchando
porque las espinas para eso están,
para recordarnos que estamos vivos,
pues muerto, ninguna espina sentirás.
Cuando el sol no ilumina nuestra frente,
es señal de que la juventud se va,
a rodar por la marcada pendiente
que arrastra a la eternidad.
¡Plafff...! ¡Plafff...! ¡Plafff..!
pasando a ser un amasijo
de Carne, huesos, sangre, y sal.
Dejando los recuerdos de la niña
saltando con alegría triunfal,
a ser el resultado de una alquimia
vagando por el Cosmos sideral.
Ojalá todo pudiese ser
como cuando la niña saltaba
alegre, sin ninguna pena.
Ojalá no existiese la piedra negra
ni la hora proscrita que nos condena.
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