III
El sol derrite sus mieles
en la raíz de los ensueños,
cristalino corazón que gravita
sobre un éter de ternura,
labios del pueblo honrado
y trabajador de antaño,
cuando la noche devoraba
el rumor profundo de la calle,
sin el atropello constante de las herraduras
con su ancha piel
golpeando las puertas soleadas,
soliviantando la paz de sus moradores.
Hoy el viento crepita las
viejas páginas de la historia,
ruiseñor azul que deslumbra
el púrpura de mi bandera.
Estoy sola, borracha de martirio,
mutilada, despedazada quizá,
tras el combate de tu prolongada ausencia.
Aquí en esta colmena de aluminio y vidrio
donde la tierra se agiganta
con sus acipresadas sombras.
Cojo la guitarra por la cintura
y me pongo a cantar,
soy un pájaro ciego, un trovador de nieve
en medio de un océano de labios turbulentos
bajo un universo de azufre,
sin su manto de estrellas rutilantes.
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