Los
ojo oscuros de la noche
Yo era cual caballo cimarrón
Que, cada herida, curtía
Y servía para hacerme más fuerte;
Pero la saeta aguda que ofreció Dios,
Penetró en mi alma como una horda de bárbaros
Llegados desde los confines del mundo.
El viento empujó hacia el profundo abismo
Mientras era
observado
Por los ojos
oscuros de la noche,
Como quien observa la chimenea de un volcán
Escupiendo a la atmósfera fuegos fatuos;
Los cuales, abrazan con su euforia eterna;
Donde fraguan las taquicardias,
Los encofrados de migrañas,
El hormigón de las inquietudes,
Las pesadillas y los apacibles sueños.
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