Consumiéndonos
a sí mismos
Las chirriantes piedras del molino
Se pulen a sí mismas con desesperación ante la falta de grano,
Sufriendo igual que un pájaro encerrado impunemente
En la jaula de las tinieblas de la noche.
Cada día el hombre se consume poco a poco
Como la piedra laboriosa,
Aceptando la
sentencia del verdugo del hambre
Que descabeza la libertad y la justicia.
El hombre, encuentra el vacío del silencio
En un corazón
cálido,
Danzando con sus níveas mortajas.
El brillo de la luna se extingue
Ante el fulgor del acero del hacha del patíbulo
Hasta helar la sangre del ciervo
Que correteaba alegre por el bosque,
Siendo su corazón perforado
Y violado una vez muerto,
Para saciar la sed de venganza del hombre
caprichoso,
Quizá insatisfecho y frustrado
Por un cielo que le mira con color
humo.
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