domingo, 13 de noviembre de 2022

Meditaciones proscritas I

 

Meditaciones proscritas

II


 

Las nubes tiemblan ante el desconcierto

De ver  los túneles del recuerdo,

La lujuria de sus puertas rompe el silencio

Haciendo volver la nuca hacia atrás como cada noche

Donde el aguijón de la lágrima escuece los párpados.

El tren subterráneo, es un monstruo

Con distintas varas de medir,

Para hacer que su penumbra marchite la montaña

Donde sobrevive el hombre,

Tras embriagarse con la pócima del universo.

¡Es irónico, confundir el vértigo

Que produce la mujer de oro,

Con el monótono secreto

Que se retuerce en sus palabras!

Sólo el viento es el arquitecto

De la flor que admiramos,

Nos llenamos con su oxígeno

Hasta hacer chocar la tecla

Que tapa el muro de los pensamientos sombríos,

Convertidos en una película

Demasiadas veces vista;

Pero que nos muestra el desierto

Con sus colillas manchadas de carmín.

Somos unos ignorantes aunque bebamos

Permanentemente de las fuentes  otoñales,

El secreto es pobre, y el hombre,

Un ignorante al envolverse con las páginas leídas.

Pero yo estoy aquí para decir que:

Aunque hayamos muerto,

Nuestro mayor error sería el protestar

Por tener los tobillos encadenados

Bajo una lluvia estruendosa,

Que hace acallar la voz

Y contener el aliento de los luceros.

Aquí, en el valle de la muerte;

El reloj detiene sus inquietas agujas

Apagadas por el fluir constante de las lágrimas.

El laberinto oscuro sepulta

La luminosidad del sueño,

Haciéndolo pedacitos pequeños

Con sus alas temblorosas;

Cualquiera podría decir que muero de hambre,

Y en cierto modo, el meditar me da hambre,

Aunque no acierto en cuál es la migaja

Llena de suntuosidad que me acerque a ti.

La tragedia vuela en la altura

Y la avispa de fuego apaga la vida,

La cual, mitiga el cauce del río

Que arrastra la sangre de nuestro corazón;

Más el párpado  durmiente te lleva a la orilla

Hasta  impedir ver la luz del mediodía.

La piedra del zapato produjo herida;

Pero no me la quito por temor a ir descalzo;

Pues quizá esa piedra es la de David,

Que aunque sea pequeña, 

Es con la que venció al gigante Goliat.

La arrogancia tropieza con la conciencia,

Y la conciencia, con la indiferencia.

Los muertos estamos olvidados

Pues sólo recordamos la negrura de su luz.

El fuego de su presencia se refleja en la tierra

Con las azuladas venas del relámpago,

Para cortar el paisaje con sus finas aristas.

La tierra, muestra sus flores proscritas

 con su fuente de indiferencia negra,

Cuya temperatura rompe los termómetros,

Sin la protección del agujero azul del cielo.

 

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