Meditaciones
proscritas
II
Las nubes tiemblan ante el desconcierto
De ver los túneles del recuerdo,
La lujuria de sus puertas rompe el silencio
Haciendo volver la nuca hacia atrás como cada noche
Donde el aguijón de la lágrima escuece los párpados.
El tren subterráneo, es un monstruo
Con distintas varas de medir,
Para hacer que su penumbra marchite la montaña
Donde sobrevive el hombre,
Tras embriagarse con la pócima del universo.
¡Es irónico, confundir el vértigo
Que produce la mujer de oro,
Con el monótono secreto
Que se retuerce en sus palabras!
Sólo el viento es el arquitecto
De la flor que admiramos,
Nos llenamos con su oxígeno
Hasta hacer chocar la tecla
Que tapa el muro de los pensamientos sombríos,
Convertidos en una película
Demasiadas veces vista;
Pero que nos muestra el desierto
Con sus colillas manchadas de carmín.
Somos unos ignorantes aunque bebamos
Permanentemente de las fuentes otoñales,
El secreto es pobre, y el hombre,
Un ignorante al envolverse con las páginas leídas.
Pero yo estoy aquí para decir que:
Aunque hayamos muerto,
Nuestro mayor error sería el protestar
Por tener los tobillos encadenados
Bajo una lluvia estruendosa,
Que hace acallar la voz
Y contener el aliento de los luceros.
Aquí, en el valle de la muerte;
El reloj detiene sus inquietas agujas
Apagadas por el fluir constante de las lágrimas.
El laberinto oscuro sepulta
La luminosidad del sueño,
Haciéndolo pedacitos pequeños
Con sus alas temblorosas;
Cualquiera podría decir que muero de hambre,
Y en cierto modo, el meditar me da hambre,
Aunque no acierto en cuál es la migaja
Llena de suntuosidad que me acerque a ti.
La tragedia vuela en la altura
Y la avispa de fuego apaga la vida,
La cual, mitiga el cauce del río
Que arrastra la sangre de nuestro corazón;
Más el párpado
durmiente te lleva a la orilla
Hasta impedir
ver la luz del mediodía.
La piedra del zapato produjo herida;
Pero no me la quito por temor a ir descalzo;
Pues quizá esa piedra es la de David,
Que aunque sea pequeña,
Es con la que venció al gigante Goliat.
La arrogancia tropieza con la conciencia,
Y la conciencia, con la indiferencia.
Los muertos estamos olvidados
Pues sólo recordamos la negrura de su luz.
El fuego de su presencia se refleja en la tierra
Con las azuladas venas del relámpago,
Para cortar el paisaje con sus finas aristas.
La tierra, muestra sus flores proscritas
con su
fuente de indiferencia negra,
Cuya temperatura rompe los termómetros,
Sin la protección del agujero azul del cielo.
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