Los
poetas terrenales
Las violetas del cielo están
anestesiadas,
Y los poetas terrenales, emborrachados
de cloroformo,
Buscan sus raíces en los infinitos páramos del
cosmos.
Los poetas, huimos de las orillas ruidosas,
De las avenidas atestadas de
murciélagos sin alas,
Sorprendiendo a la verdad de vivir.
Nos movemos con la mano abierta
Para no huir de la fruta prohibida,
Teniendo la sensibilidad de cien putas.
Siendo sabedores de nuestra vulnerabilidad,
Huimos del estandarte riguroso del amor;
Caminamos por las catedrales góticas del alma
Para no quedarnos enfangados en el movedizo asfalto
Y de los hirientes carámbanos originados
Por las tempestades de los ojos seductores,
Que pretenden conquistar el corazón atlante.
La carne del verbo sobrevive al
lenguaje de los párpados
Describiendo en un poema el batallón
de los pájaros de fuego,
Sin necesidad de encontrar la fuente
que derrama dinero
Olvidando al mundo con su loca
vehemencia,
Esa madrastra que no perdona y actúa
con estupidez supina.
Se desoye la verdad y se actúa con
superficialidad;
Si follamos, es sólo para entretenernos,
Los poetas, de orígenes místicos y
envueltos en celofanes,
Aprovechamos la noche para besar las
esquinas
Con la delicadeza de la sublime aura.
No somos nadie; Pero a la vez, los
únicos capaces
De ver el arco iris con treinta y
siete colores.
El océano, la tierra y el aire del cielo,
Son sólo un pedazo de la verdad,
Cubierta por la biosfera lejana y
sombría.
Fuera de nuestras mucosas y fluidos
viriles,
Deseamos un orgasmo cósmico,
Cuya clorofila se expande en todas
direcciones
Siendo el átomo espiritual del éter.
Sé que es una locura, pero nuestra
estructura
Cimentada de curry, viste con ropas de saldos;
Por eso, somos ignorados como perros
sin dueño,
La verdad duele o amarga, y la muerte... ¡se
mastica!
¡No somos nadie!, ¡y nadie puede escupirla!

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