Cuando llega la noche
no hay luna ni estrellas.
Vacía está tu alcoba
nadie está en tu mesa.
Un chasquido triste
de un trozo de leña,
se consume aprisa
con su llama trémula.
La casa respira
un vacío de ausencia,
quedan los espectros
flotando en la niebla.
En la calle de arriba
relincha una yegua,
quizá sea de hastío
o tal vez de pena.
Y una lucecita
mueve y parpadea,
vagando en la cuadra
mortal y siniestra.
La llama de vida
funde como cera,
la que porta un viejo
de los tres que aún quedan.
Un gallo, dos perros…,
sin sus compañeras,
mientras las ortigas
devoran las hiedras.
Queda la agonía
vagando en las venas,
sólo un pueblo mísero
de herrumbres cadenas.
Solo entre relámpagos,
y entre las quimeras,
quedan tres ancianos
envueltos en penas.
El día no renace
en la noche estrella,
y en el cementerio
las sombras acechan.
Se acaba la vida
se extingue la vela,
en los pueblos regios
de las pardas sierras.
Después de cien almas
que el pueblo tuviera,
quedan los tres jóvenes
que allí un día nacieran.
¡Qué no venga nadie
a encender la hoguera,
ni pode las vides,
ni siembre las huertas!
¡Dejad que las zarzas
devoren las piedras,
qué todo lo oculte,
hasta la vergüenza!
¡Qué pasen los años,
qué pasen las décadas!
hasta que descubran
de nuevo esta tierra.
Donde había un pueblo
lleno de riquezas;
pero que lo ahogaron
lleno de riquezas;
pero que lo ahogaron
sin la carretera.







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