sábado, 22 de septiembre de 2018

Un pueblo de la sierra



UN  PUEBLO DE LA SIERRA


 

Cuando llega la noche

no hay luna ni estrellas.

Vacía está tu alcoba

nadie está en tu mesa.

 

Un chasquido triste

de un trozo de leña,

se consume aprisa

con su llama trémula.

 

La casa respira

un vacío de ausencia,

quedan los espectros

flotando en la niebla.

 


En la calle de arriba

relincha una yegua,

quizá sea de hastío

o tal vez  de pena.

 

Y una lucecita

mueve y parpadea,

vagando en la cuadra

mortal y siniestra.

  

La llama de  vida

funde como cera,

la que porta un viejo

de los tres que aún quedan.

 


Un gallo, dos perros…,

sin sus compañeras,

mientras las ortigas

devoran las hiedras.

 

Queda la agonía

vagando en las venas,

sólo un pueblo mísero

de herrumbres cadenas.
 

 

 



Solo entre relámpagos,

y entre las quimeras,

quedan tres ancianos

envueltos en penas.

 

El día no renace

en la noche estrella,

y en el cementerio

las sombras acechan.

 



Se acaba la vida

se extingue la vela,

en los pueblos regios

de las pardas sierras.

 

Después de cien almas

que el pueblo tuviera,

quedan los tres jóvenes

que allí un día nacieran.

 

¡Qué no venga nadie

a encender la hoguera,

ni pode las vides,

ni siembre las huertas!

 


¡Dejad que las zarzas

devoren las piedras,

qué todo lo oculte,

hasta la vergüenza!

 

¡Qué pasen los años,

qué pasen las décadas!

hasta que  descubran

de nuevo esta tierra.

 


Donde había un pueblo
 lleno de riquezas;
pero que lo ahogaron
sin la carretera.

 

 

 

 

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