domingo, 9 de septiembre de 2018

Restos mortuorios de una novela" Relato"


Los restos mortuorios

   de una novela
"Relato"

 

Que nadie me pregunte qué día del año era. Pero hacía un frío terrible, intensificado por las ráfagas del cierzo, hecho por el cual, hacía que se me pusieran los cabellos de punta.
Iba yo por el campo. No recuerdo qué es lo que estaba haciendo allí; pero allí estaba. Cuando aplastada en un ribazo, hallé los   restos mortuorios de una novela.
Se encontraba sin tapas, aplastada a la tierra, como las alas de un pájaro al que le faltan plumas, impidiéndole su capacidad de vuelo.
No sin cierto rubor e indignación a la vez,  tomé en las manos el grueso de aquella novela, cuyas  páginas, como crespones en movimiento, completamente sucias, con manchas cual lepras verde amarillas, y que el viento hacían avivar su repugnante olor,  mezcla de orines y azufre, hasta el punto de que tiraba  para atrás. Pero pese al repelús de asco de la primera impresión, me atreví a ojearla, quizá transportándome al pasado, cuando recién salida de la imprenta rezumando olor a celulosa y tinta, y con una bonita encuadernación, llegó por primera vez a manos de su dueño. Quién sabe si sería una persona ilustrada, o simplemente un ciudadano de a pie, al  que tan solo pretendió con su compra, pasar un rato entretenido con aquellos sueños que el autor le ofrecía.
 
Por lo que pude entresacar de su trama, iba sobre un  pintor, que un día, paseando por el Central Park de Nueva York, vio a una hermosa joven de cuerpo escultural sentada en un banco, y le propuso que posara para él desnuda, para inmortalizarla en   uno de sus lienzos. Poco a poco, y sin darse cuenta, se enamoró perdidamente de ella, ignorando que aquella joven, en realidad era una prostituta con falta de cariño.  ¡Qué  triste! ¿Verdad?
Pues también resultaba  triste, el llegar a pensar de cómo llegó  a tan lamentable estado aquella novela. Abandonada  a su suerte, huérfana de cariño, desintegrándose página  a página,  con todo su interior impregnado de melancólicos recuerdos. La rémora del tiempo, a veces cruel, se estaba encargando de esparcir a los cuatro vientos aquellas páginas, como si fuesen las hojas secas de un álamo al triunfar el otoño. Pero con seguridad, cuando aquella novela tan sólo era un germen en  el cerebro  de su autor, nunca llegaría a imaginar, que todas aquellas horas de desvelos, intentando entrelazar palabras, para formar frases, y después capítulos, y  que posiblemente tardara años en concluirla para ver reflejado en ella su sueño, pudiese acabar su vida de forma tan trágica. Quizá el autor, se ilusionó con la idea gloriosa de que llegase a formar parte de una biblioteca, y que alguien,  a modo de caricias, voltease suavemente sus páginas impregnadas de ensueños. ¡Pero así es la vida! Un fanal, donde hasta la cultura se desvanece  permaneciendo en el abismo silente del olvido.
 
Puesto que su destino ya estaba predestinado, es decir, convertirse en polvo, como al final de nuestros días acabaremos todos.
Tras ver de qué iba, volví a dejarla en la misma posición en que la encontré; Pero curiosamente sucedió, que en aquel momento, una ráfaga de cierzo más intensa que las anteriores, hizo que aquellos restos mortuorios, cobrasen vida. Pues comenzó a volar por los aires como si se tratase de una blanca paloma. Quién sabe, si para volverse a desplomar en otro ribazo, donde otro soñador y mensajero del viento, volviese a ojearla para descubrir sus  sueñossssssssssssssssssssssssssssssss.

 “No es un borrón, tan sólo es la huella delatora de una  furtiva lágrima”
 
 

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