sábado, 22 de septiembre de 2018

Penumbras yertas


 

 
Penumbras yertas

 

Trémulos quejidos de cigarras

se elevan como halcones en la noche,

hora de desazón y remolino,

frágil cañaveral trenzado

 a la estrecha ribera de la vida.

Ínsula gris de la memoria

que desea desvanecerse en la mayor de las venturas

enloquecidas por una luz rubia y vaporosa.
 

Cariátide de sombra adormecida

leonada vestal que con fulgor vacilas,

no sé si posees ojos de bruma o cenizas del viento.

Lagrimea la noche de tallo débil

por el ígneo fulgor que empuña el alba.
 

¡Qué florido está el cañaveral con su lujo de oro!

 Tal si se tratase del áureo  palo de un gallinero

que se resquebraja lentamente.

El futuro se abre en la mañana

y arde en el fuego impetuoso

de las venas del mundo, vasto y diverso

 con su ciclópeo latir.


El desmoronamiento de la lluvia

 entre erráticos abismos boreales

 se revuelca la noche con sus delirios de cuarzo.

¡Arder en el mediodía de la gloria!

¡Qué horror de visiones a la deriva!

Conchas escarlatas

en la candente cara del firmamento.

 

Auras milenarias de cifras y siglas,

etéreo mar florido, ilusión virtual

sobre las huecas riberas irisadas

como las escamas de un salmón

 que en las misteriosas penumbras de la noche

libera la tapa del sucio secreto.
 

Estrechos silbidos se propagan en la oscuridad tenebrosa

apaleando con deslumbramiento

 la frágil esperanza.

¡Oh noche! A veces me despierto

con el alma llena de tristeza y horror

 con el vacío por todas partes,

 dispuesto a chocar nuevamente con la piedra solitaria.


 

Eres labio de chacal,

 ahumada veleta,

 estruendo reparador

por la oscuridad inquieta del pensamiento,

sortilegio que gravita

sobre el cristal ignoto del recuerdo.

Paloma torcaz descendida con color de miel

con tus fulgores se incuban auras y albas,

 juegos desafiantes de antorcha y látigo.


 

Arroyo fecundado con chispas de desolación

o por el prolongado y salvaje rugido

 de un cielo proceloso, ¡sin horror ni piedad!

Este crudo juego despliega lluvia de fuego

 sobre el trébol de la suerte,

con pensamiento de caracol pisoteado

 por el sombrío Lucifer,

 tras extinguirse el reconocido orgullo

 de una mísera cerilla.
 

 En el fondo, quizás la vida no sea otra cosa

 que la chamusquina de un escaso siglo

 de festines y rejas.
 

El mal está en el pájaro preso en su jaula de oro

 por el intento de modelar la esperanza.

El rayo se ha puesto en fuga en su difusa nube,

centelleantes pupilas negras

se ofuscan en su efímero viaje.
 

Murciélagos vampiros

pululan en la oscuridad

con gritos incesantes y plañideros

 cual búho real, saturado de malos augurios.
 

La noche extiende sus alas de asfixia

para morir en la gloria del olvido.

Propina de un demente pordiosero

que aplasta la filosofía de la luna.

Bufón que mantiene en vilo

 la gratitud, el furor y el engaño.


Llueve sobre mojado en la charca de la memoria

 pasarela del ensueño inalterable de la corrupción,

alfeizar de los albores del mundo

donde se desatan polifacéticas intrigas.
 

¡Oh, noche primigenia!

La noche renueva los sueños de neón

 y las fatídicas fantasías.

La muerte ha de llegar como una hermosa dama

 a la hora prescrita.
 

Quiero morir en las penumbras yertas

 atravesado por los rayos de la luna,

descuartizado por el silbo de los vientos

que arrastran las quejumbrosas improntas

de latidos miserables, turbados tal vez,

por los encantadores gorjeos de los ruiseñores

 anunciando los resplandores del alba.

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