“La
vida continua”
Relato
Tus labios eran finos de bello trazo.
Tus cabellos oscuros de brillante caoba. Eras joven; Pero no aceptabas las
marcadas huellas de los años con sus
arrugas de sabiduría, impresas con sus
patas de gallo en tus oblicuos ojos.
Eras una fruta arrugada por su propia
maduración ¡Qué horror! Y pensaste que había que poner remedio. Y como el
dinero no suponía ningún problema para ti, por tenerlo por castigo, te pusiste
en manos de los cirujanos plásticos, entre otras cosas para colocarte votos en
los labios. Los cuales, pintados de un rojo llamativo, parecían dos capullos de
amapolas pidiendo amor.
Ahora tocaba presumir de una segunda
juventud, transformándote en una muñequita barbeé. Creyendo que ese era el
prototipo de belleza que a los hombres fascina y vuelven locos.
Conseguiste una delgadez tan extrema
que provocaba escalofríos. Siempre a base de andar mucho, comer poco y follar
menos. Pero en realidad, habías conseguido ser un auténtico esqueleto andante,
que hasta el espejo protestaba de aquel silbido estrecho, que se había salido
de los cánones de la belleza femenina.
Lo que es indudable es que eras distinta. Una verdadera campeona de natación.
¡Nada por delante y nada por detrás! O
lo que es lo mismo: la sombra de un espigado ciprés, que se alarga más si cabe
cuando se descubre la ventana del crepúsculo.
El problema es que para la inmensa
mayoría de los hombres que así se consideren, esos cambios estéticos no les
impresionaban. La indiferencia era total. Veían una silueta pasar a su lado y
la dejaban pasar olímpicamente, sin arriesgarse a soltar una palabra de amable
cortesía, ante el temor de meter la pata. Pues podría darse el caso que más luego, albergaras
falsas esperanzas.
No obstante, tú estabas en la convicción
de ser un Ferrari, que al colocarte algunas cintas de seda de color rosa, una
gorrita propia de las azafatas de las carreras de bólidos, con lentes de sol
grandes y azules, ello te daba más solera, más clase y mayor postín.
Pasado un tiempo veías que todo seguía
igual. Pues tu vida seguía con la misma monotonía, carente de emociones fuertes
capaces de provocar una subida de
adrenalina.
Tus cabellos rubio platino, no
deslumbraban con el fulgor que suponías; Pero eso, no era ningún problema que no
pudiese arreglar una experta y paciente peluquera, colocándote algunas mechas
azules y moradas.
¡Sí! habías cambiado de cabo a rabo; Pero el verdadero cambio que
radica en el amor propio se quedaba tan arrugado como tus patas de gallo.
Los años no pasan en baldes; Son una losa que aplasta. Luego si no aceptas
el envejecimiento, entonces es que no has comprendido el sentido de la vida.
Una vida que sigue su ritmo, buscando esa meta que será cruzada por todos
aquellos automóviles que le haya aguantado el motor.
Querías ser un Ferrari último modelo
¡Qué ironía!, cuando conduces un Citroën Sara, tan anticuado que, puede que no
lleve ni aire acondicionado. Parece mentira que estés casada con un millonario.
Aunque este millonario, debe ser tan tacaño que, todos sus esfuerzos, van
encaminados a vivir miserablemente, para poder permitirse el lujo de decir que
es rico. Un millonario que trabaja hasta
los días de fiesta de guardar.
¡Qué fracaso, desear ser el más rico
del cementerio! Cuando los gusanos igual devoran al rico que al pobre, al feo y al guapo, al
gordo y al flaco, a las muñecas chochonas y a las barbeé.
Más por extraño que parezca, te salió
un admirador ¿Y qué pasó? Que lo obviaste. Aunque él, sólo pretendiese tener
una aventura loca contigo.
¡Con la de hojas que hay en el bosque!
¡Con la de cantos rodados que tiene el río! Pero cuando una puerta se cierra se
abren diez ventanas. Y tanto se puede entrar por una puerta, que por una ventana.
La paradoja de todo es: “Que la vida continua”

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