La
bella doncella
"Cuento"
"Cuento"
Los lugareños, afirmaban con asombro,
haber visto a una doncella por las fértiles tierras del Reino de Navarra, que, al
caminar, parecía que sus pies no posaban en el suelo. Su belleza era
sobrehumana, hasta el punto que deslumbraba. Y enseguida, tenían que retirar
sus ojos vencidos ante su colosal
belleza.
Unos, afirmaban que la habían visto
pastando las vacas o las ovejas por los montes de Estella. Otros, que ejercía como mesera de una taberna en Olite.
Otros, que la habían visto hilando lana con la rueca en Tafalla. Otros, que la habían
visto despachando diversos artículos en el mercado de Tudela…
Pero nunca tenían una segunda
oportunidad de volver a verla, pues era esquiva, con la capacidad del viento
para transportarse libremente a un lugar lejano al día siguiente, donde volvía
a vérsele de nuevo,
Su leyenda, aumentó hasta tal
punto que, los espíritus, movidos por
las ondas celestiales, hicieron que llegasen hasta el mismo Olimpo, donde
reinan los dioses de todo lo creado.
Zeus, Neptuno, Júpiter, Odín… hicieron
una asamblea, donde unos a otros, se
recriminaron mutuamente el haber permitido, que semejante belleza, con todos
los encantos divinos estuviese en la Tierra, para ser la veneración de unos
simples mortales. Que se habían excedido al modelarla con la arcilla del Edén y
el agua pura y transparente de las fuentes del rocío.
Hasta al mismo rey de Navarra, Sancho
el Fuerte, llegaron los ecos sonoros de su belleza; De tal modo que cuando ya
había delimitado sus fronteras con los demás reinos colindantes, dispuso iniciar su busca,
con las sanas intenciones incluso de desposarla. Para ello, reunió a trescientos
nobles caballeros, los cuales serían los encargados de escudriñar todo
su reino, animándolos con una suculenta fortuna como recompensa,
compuesta de un cofre lleno de doblones de oro, a aquel caballero que tuviese
la Gracia de encontrarla y presentarla ante él.
Un tercio de dichos caballeros, se
dedicó a buscarla por las montañas, ya
que pensaron que, si su belleza era celestial, lo lógico sería que se encontrara
en ellas, por estar
más cerca del cielo.
Otro tercio, pensó que seguramente se encontraría camuflada
entre los chopos y demás árboles de la ribera, ya que si su belleza era
incombustible, incombustibles y
reverberantes son los árboles que en sus frescas sombras medran.
El resto, creyó oportuno buscarla por los
prados, donde seguramente se encontraría rodeada de amapolas, lirios y demás
lindas flores. Pues no se entendería, que la reina de las flores, no se
encontrara rodeada en todo momento por multicolores pétalos expandiendo sus
fragancias al viento.
Los encendidos ánimos de los
caballeros, fueron decayendo, al comprobar que, en todos los escondrijos posibles
para albergar a una persona, permanecían
vacíos; De modo que desistieron en su busca, creyendo que quizá habían
estado buscando una quimera, tan difícil de atrapar como son los susurros del
viento.
Pasaron los siglos, y en el argot
popular aún se seguían oyendo rumores de su divina existencia; Pero fue en la
actualidad, cuando un poeta, soñador y mensajero del viento, la descubrió sin tan siquiera pretenderlo trabajando en...
Efectivamente, pudo comprobar que poseía los encantos de una diosa y cuyo nombre era Ainara; Un nombre de origen vasco procedente
de Ainhara, que en Euskera quiere decir
golondrina. Y que según la tradición cristiana, este pájaro fue el que le quitó
a Jesucristo, las espinas de la corona con la que fue martirizado en su Vía
Crucis.
Pretendió hablar con ella al día siguiente; pero como es costumbre, desapareció. Aunque en su instinto soñador, y para acrecentar su leyenda, creyó adivinar que, en esos momentos, viajaba a Dios sabe donde, en un arrebol, movido por la cálida brisa del Sur.
Pretendió hablar con ella al día siguiente; pero como es costumbre, desapareció. Aunque en su instinto soñador, y para acrecentar su leyenda, creyó adivinar que, en esos momentos, viajaba a Dios sabe donde, en un arrebol, movido por la cálida brisa del Sur.

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