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miércoles, 22 de abril de 2020

Enterrada mi pasión


Enterrada mi pasión

 


Ella, era la  alta cumbre,

 La imposible de escalar;

Pero un día de esa cumbre

Se desprendió una roca

y justo a mis pies fue a parar.

Y al tenerla tan cerca

La quise  tocar y acariciar…;

E incluso le expresé mi amor;

Pero era  roca de sentimiento glacial.

Mis palabras resbalaron en su piel

Como si estuviese acostumbrada

 A recibir todo ese tipo  de verborrea,

Y dentro de su corazón, práctico e inexpresivo,

Seguramente se reía de mi ardor.

Le dije que no era una roca,

Que ella, era para mí,  un diamante,

O una gema verde de gran valor.

Y cuanto más efusivas eran mis ocurrencias

Más bella resultaba para mi corazón.

Por mucho que me mostrase sus arrugas

Y me desvelara  sus puntos débiles,

Yo, cada día la veía más hermosa,

A la vez de más fuertes sus convicciones.

¡Qué segura es la roca cuando nació en la cumbre!

Poco le importa que ahora sea una piedra

Que  hasta el llano rodó;

Quizá espera se haga polvo

Para que el frío viento de la tempestad

  Pueda elevarla nuevamente a la cumbre.

¿Pero y qué pasa con el que de ella se enamoró?

Él no tiene la culpa de que le gusten las rocas;

Como las rocas no tienen la culpa de ser gustadas.

La tormenta ya se había desatado en el horizonte

Y ella, sólo tenía ojos para ver ese horizonte.

Aun habiendo perdido una  de sus pestañas negras

Y regalado al que le declaró su amor.

La roca ya está siendo arrastrada

Al lugar  donde  se desprendió;

Y en el árido desierto de mi vida,

Queda  enterrada mi pasión.

 

 

 

domingo, 17 de febrero de 2019

El orgullo y el hambre, estarán siempre en discordia"Sombras"









El orgullo y el hambre,  estarán siempre en discordia

"Sombras"




No quisiera hablar de la guerra. Porque cuando revivo todas aquellas memorias horribles, y aquellos pensamientos tristes, que reposan aletargados en mi mente, siento un malestar  que corroe las entrañas. Si estoy una hora sin pensar en ella, me parece haber gozado de una gracia inefable, pero aún así, te diré  bajo mi particular punto de vista que cuando un pueblo no tiene lo más indispensable para su sustento, la justicia brilla por su ausencia, o la tierra, fuente del sustento primario de toda bien llamada sociedad, está acaparada por cuatro terratenientes, el pueblo tarde o temprano acaba revelándose contra dicha tiranía.
 Si los pobres están hambrientos y los ricos son orgullosos, el orgullo y el hambre estarán siempre en discordia.
Debido al orden establecido de las cosas y clases sociales, permitía a los privilegiados cometer rarezas, eran caprichosos a costa de los no privilegiados. ¡Qué fácil les resultaba la vida, considerando como originalidad y buen carácter lo que sólo era extravagancia, y ese derecho a ser inútil de que gozaba esa minoría a costa de la gran masa!
De modo que cuando la masa se levantó y fueron suprimidas algunas ventajas de los privilegiados de la buena sociedad, perdieron el color de aquel lujo que resultaba irritante. Entonces comprendieron que al haber introducido algunas modificaciones en sus vidas, eran poco felices a su fisonomía moral.
Aquel fatídico verano del 1.936, siempre se distinguirá de los demás. Creo que a pesar de todo lo dicho y escrito, nadie sabrá o no se atreverá a decir lo que realmente se vio trazado en el fondo del destino de España, y que el tiempo y los sucesos han ocultado. ¿Quién sino será capaz de expresar los escalofríos colectivos que recorrieron a los españoles y que se transmitieron de los seres vivos a las cosas inertes, a la tierra y a las casas? ¿De qué manera se podrían describir aquellos torbellinos que fueron desde el temor mudo animal a la locura colectiva del suicidio, desde los más bajos instintos sanguinarios y desde el pillaje disimulado, a los más nobles y santos sacrificios en los que el español se supera y alcanza por un instante las esferas elevadas de otro mundo donde reinan jurisprudencias distintas?
 
Jamás se podrán decir tales cosas, porque los que las pasamos y salimos con vida salimos atragantados y los que murieron jamás podrán hablar.
Aquel verano del 1.936, cuando el general Francisco Franco, encabezó el Alzamiento Nacional, arroyó los sueños de la libertad, conduciéndonos desde el escenario del Derecho y el Sufragio Universal, al circo de los leones devoradores de mártires. Todo cuanto sucedió conservaba la justificación a la violencia y al salvajismo tomado del tesoro espiritual de los siglos pasados.
Toda la dignidad y el atractivo desapareció radicalmente, hasta el extremo de que aquellos que la pasamos y experimentamos en nuestras carnes el yugo de la opresión, no podemos evocarlo en el recuerdo; porque son recuerdos que hieren y desgarran el alma con el tridente de su interminable pesadilla.
No obstante te diré que la guerra no me sorprendió ni a mi ni a nadie; No estalló como un volcán en erupción, sino que fue filtrándose a nuestro alrededor. Algunos se horrorizaron; pero  créeme que fueron muchos los que se alegraron. Aquella guerra sobrepasó los límites de mi conciencia: Sin embargo como buen español republicano, me movilicé en infantería. Allí gane una medalla laureada individual al valor, por rescatar a veintisiete heridos del campo de batalla, que los moros se habrían encargado de rematar, dado que no acostumbraban a coger prisioneros, y dos heridas de metralla que aún conservo para mi estremecimiento restos de ella, una en el pulmón derecho y justo aquí, en el cráneo, que incluso los días de mucho frío me la tiento con las yemas de los dedos.
 
La paz es a menudo más trágica que la guerra, esta es la opinión de quienes vivimos el periodo siguiente, teniendo que mendigar un jornal para ganar un cuscurro de pan y unas cabezas de sardinas arengues.
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