En el reino de anoréxicas sombras
Trabajando estoy de eclipse a eclipse
Bajo un látigo implacable que fulmina,
Hastiado de la lanza deforme
Y de la herrumbrosa cadena de la vida.
Sumergido estoy en este fortín
Donde pieles y huesos deambulan,
Por el reino de anoréxicas sombras
Con olor a cipreses y a hojas pútridas.
Altares esqueléticos se yerguen
Mudos y pétreos, sin hálito de vida,
Mientras legiones de voraces gusanos
Armados con mandíbulas de acero
Horadan el prado cárnico
Y la blanca calavera de la justicia.
Matarifes del Juicio Final
Incrustan sus puñales
En los harapos polvorientos del sol.
Torbellinos gélidos
Arrastran quejumbrosas improntas
De alaridos lastimeros de sobrevivientes
Que se aferran como poderosas horcas
A una tierra abrasada y taciturna.
Guadañas azules ondean en los tozales
De los frágiles sentimientos.
Burlonas risas huecas,
Hieren el horizonte
Impregnado con su tiente escarlata,
Estrangulando con nudo escurridizo
La agridulce verdad de la mentira.
Jinetes apocalípticos,
resquebrajan el arco iris
resquebrajan el arco iris
Que colosos titanes elevaron
En las horas nupciales de la Creación.
¡Vuelve San Gabriel Arcángel
Con tu daga acrisolada y explosiva!
¡Y tú san Sebastián con tus flechas mártires!
Que el arco de la muerte tensado está
Y las fatídicas dianas ya penden
Del orgulloso cuello de los mortales.
Los cuales, caerán inertes como hojas en otoño
Cuando el viento reinante decapita
Una tras otra de sus añosas ramas.





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